Reencuentro

Photo by Aimee Vogelsang on Unsplash
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Álvaro había llegado dos días antes, anticipando el regreso de un interminable viaje de trabajo de consultoría que le había mantenido fuera de la ciudad durante una semana. Adriana llevaba mal las ausencias del joven consultor. Esa semana había intentado distraerse más de lo normal engañando a su tiempo libre intentando evitar que los siete días le pareciesen meses. La casa estaba más limpia que nunca y por fin había conseguido ordenar la despensa. Había finalizado su libro de lectura e incluso había podido quedar con su amiga Laura que siempre se quejaba de lo atareada que estaba su mejor amiga para poder ir al cine, cenar y ponerse al día.

Álvaro se presentó en el edificio en completo silencio, llegó a la puerta con la ilusión de hacerla sonreír de nuevo siete días después. Llamó al timbre y decidió saborear lo que sucedería en los siguientes minutos.

El silencio de aquella escalera se apagó por el sonido de los tacones caminando hacia él. Álvaro sintió la presencia de Adriana al otro lado de la puerta y su corazón se aceleró nervioso. Apretó con suavidad la rosa que mantenía arropada en sus manos y esperó ver la profundidad
que le enamoraba en los ojos de la joven una vez más.

En un instante la puerta que los separaba se abrió precipitadamente y Adriana gritó sin querer de alegría. Sus miradas se abrazaron antes de que llegaran a tocarse con las manos y Álvaro le entregó la rosa que había estado meciendo con ternura entre sus dedos.

Ella, llena de felicidad, primero le miró agradecida, después recogió la flor con la delicadeza de un tesoro infinito y sintió como una lágrima de emoción brillaba sin querer en sus ojos.

Aquel rellano de color gris, sonreía mientras los veía besarse y llenarse el alma con un abrazo interminable. Casi dos minutos después, se volvieron a mirar y un último beso dio por finalizado aquella parte del reencuentro.

Cuando entraron en casa, Álvaro dejó con suavidad su elegante maleta en un rincón del salón, mientras Adriana desapareció rápidamente para terminar de maquillarse mientras protestaba sin convencimiento, por verla sin estar perfecta.
Álvaro sabía que a ella le encantaban ese tipo de sorpresas, y sentía de manera convencida, que no había un maquillaje más bonito en la piel de Adriana que el de la felicidad que provocaban esos momentos.

Sentados sobre el sofá, los besos seguían adornando el salón. Álvaro sacó su móvil y le enseñó la reserva que había realizado para celebrar su vuelta. Esa misma noche irían a un restaurante famoso por rodear cada plato con diferentes tipos de miel. A Adriana le encantaba la miel y ese sitio era una cuenta pendiente para ella que Álvaro deseaba saldar colgado de su mirada.

Casi una hora y media después salieron de casa. Esperaron un taxi y diez minutos más tarde llegaron al restaurante sin separar sus manos.
Poco después, sentados en un rincón apartado de la terraza del restaurante. Rodeados de miel, se besaron tantas veces como oxigeno podían respirar y sus dedos no dejaron de entrelazarse durante un solo instante. Envueltos en caricias y una charla infinita, Adriana volvió
a sentir que aquel hombre sentado frente a ella, era el hombre de su vida.

En el otro extremo de la elegante terraza un grupo discreto de mariachis que cenaban allí, cantaba canciones alegres de amor en un concierto improvisado envueltos por el sonido de una guitarra.

De repente una lágrima que parecía haber estado contenida se desprendió con timidez de los ojos de Adriana y atravesando la comisura de los labios de la joven, terminó estrellándose contra la mesa. – ¿Por qué lloras?, – le preguntó Álvaro

Adriana le miró sin contestar mientras arrodillaba la miraba contra el suelo. – ¡Eh!. – Dijo Álvaro de nuevo con un tono de voz lleno de cariño. – Dime… dime por que estas llorando… –

El joven alargó su brazo para tocar la mano de la joven intentando tranquilizarla. . Adriana respiró profundamente mientras intentaba apartar la mirada de los ojos insistentes del joven. Álvaro insistió. – Adriana…, me estoy empezando a preocupar… – ¿Ha
pasado algo? – De repente el joven sintió el frio de lo inesperado y notó como su corazón comenzaba a hacerse pequeño. – No…Álvaro… no ha pasado nada – Soltó la joven con una normalidad exasperante. – Entonces… ¿por qué estas llorando, cariño?

Adriana le miró con el amor de algo que se vuelve a encontrar después de darlo por perdido. – Soy feliz Álvaro…, nada más… Estoy aquí contigo de nuevo y por un momento he sentido que era la última vez que me abrazabas y me he puesto triste… – La joven hizo una
pausa para tomar aire. – Esta semana ha sido muy dura para mi, pensé que quizás te distraerías con tus compañeras de trabajo. No me gusta estar sin ti, me da mucha rabia ser así, pero te necesito demasiado…

Álvaro la miró con una mezcla de sorpresa y cariño, se levantó lentamente y tomó asiento al lado de la joven. Cogió sus manos con delicadeza y mirándola a los ojos le dijo. – Adriana, no sé que hay en tu cabeza, pero quiero decirte que por muchos viajes que surjan y por muchos problemas que tengamos siempre estaré enamorado de ti.

El joven continuó hablando… – Yo tampoco sé estar sin ti y nadie me puede dar, lo que tú me das cada día. No sé explicar que es, no sé decirte que tienes, pero me siento bien si estas cerca y no quiero perder esa sensación rodeando mi vida.

Adriana le miró agradeciendo cada palabra que escuchaba intentando tranquilizarse. – Dime que no te irás nunca. – El tono de voz de la joven parecía diferente, como si un camión de mercancías le hubiese atropellado sus emociones durante la semana de ausencia..

Álvaro contestó intentando descubrir que pasaba. – ¿Estás bien cariño?, ¿He hecho algo? – El tono de voz del joven sonó a preocupación. – ¿Me amas?. – interrumpió la joven con un tono de voz áspero.

Álvaro seguía sin entender nada pero contestó inmediatamente. – Adriana, yo te amo para siempre, y además… Antes de que el joven finalizase la frase se escuchó un golpe seco y todo se quedó a oscuras. Un ruido en forma de pitido penetró en los oídos de Adriana. Sintió
inmediatamente el miedo más cercano al pánico. Notó como sus manos se quedaban solas. Intentó mirar pero estaba ciega, de repente la voz de Álvaro se había apagado y su corazón había comenzado a palpitar con la velocidad de un caballo desbocado.

Apenas fueron unos segundos que a ella le parecieron años, de pronto el color negro que la impedía ver lo que estaba sucediendo a su alrededor comenzó a disiparse. Abrió los ojos con fuerza y sintió un dolor intenso en el pecho que le atravesaba como una espada de hierro. De repente…,estaba en su dormitorio sin entender nada. Un escalofrío de comprensión recorrió su cuerpo, cerró los ojos con fuerza intentando aferrarse a aquel recuerdo en forma de sueño que la había hecho ser feliz durante toda la noche. Pero el sueño desapareció llevándose a Álvaro con él. En un instante, dejó de sentir su mirada clavándose deslumbrada en ella, dejó de sentir el roce de sus manos haciendo círculos y su tono de voz fue un silencio anclado en la indiferencia. Adriana comenzó a llorar cuando recordó su última pelea, las palabras de Álvaro confesando la traición que la condenaron a la ruina. Recordó el daño que le había dejado aquella última frase escuchada de su boca… La traición era un puñal demasiado afilado para su corazón sensible.

Intentó respirar y tranquilizarse con la tristeza de sentir su corazón roto. Él seguía apareciendo en sus sueños para revolver sus emociones y dejarla exhausta.Después cuando consiguió calmar su respiración recogió los trocitos de su corazón que estaban esparcidos por la
almohada y se propuso intentar olvidar, de nuevo, al hombre de su vida…

*FIN

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