Adulfancia

Sabes que los tiempos están cambiando cuando te das cuenta de las diferencias de una generación a otra. Al igual que antes de un terremoto los animales comienzan a tener comportamientos extraños, hoy podemos comprobar como la forma de pensar, de actuar, y de “jugar” de los niños es totalmente distinta a la de tan sólo veinte años atrás. Me llama mucho la atención ver como la infancia, la niñez, esa etapa maravillosa de la vida, cada vez dura menos.

Yo puedo decir que fui un niño tremendamente curioso (un vicio que arrastro hasta la actualidad), un poco menos revoltoso, y un poco mejor estudiante que otros. Tan típico y tan atípico como cualquier otro niño de mi edad, con la imaginación como juguete favorito. Sin ella estoy seguro de que años después no me hubiese dado por poner blanco sobre negro las cosas que se me me ocurrían.

Ahora me resulta triste y curioso ver como los niños son niños cada vez menos tiempo, como los más jóvenes se empeñan en “crecer” lo más deprisa que pueden. Pero no crecer para hacerse más maduros, serios y responsables; sino hacerse mayores para vivir la parte frívola de ser adulto, para entrar en esa jaula de apariencias, convencionalismos y obligaciones que es la vida adulta. Es triste y curioso comprobar como la propia sociedad empuja a los niños a entrar cuanto antes en este círculo vicioso de necesidades artificiales, haciendo que rechacen el gran privilegio que supone la libertad de ser niño, de no estar sujetos al “qué dirán”, de poder salir a la calle con la camiseta manchada y un cucurucho en la cabeza a modo de yelmo medieval sin que lo miren raro.

Ahora, cuando parece que la meta es hacerse mayor lo antes posible, yo como adulto intento mantener viva esa infinita ilusión de niño en cada proyecto que emprendo, porque sin ilusión y sin sueños imposibles esta vida pierde toda su gracia. Ahora de adulto aún trato de imaginar la meta más alta como cuando me ponía un trozo de tela a la espalda y me creía capaz de volar. Sueño despierto todo lo que puedo, y cuando amo amo hasta el final, hasta las últimas consecuencias, y busco enamorarme igual que en las últimas ocho primeras veces que me enamoré por primera vez.

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