Alfa y Omega

Alfa y Omega
Alfa y Omega

Siempre fui de muchos principios y pocos finales. Aunque, posiblemente, ambos me aterrorizan por igual.

Da miedo. Pánico. Y hasta mariposas en el estómago dar un paso al frente sin retroceder, sin mirar atrás. Dejar de lado cosas, personas, imágenes, momentos y recovecos de ilusión. Y también de su antónimo.

Siempre he preferido los puntos seguidos a los finales. Sin embargo, de vez en cuando, está bien abandonar ciertos hábitos; dar carpetazo, y hasta un fuerte golpe en la mesa.

Dejar la puerta cerrada, nunca entreabierta, para que, así, tu recuerdo se digne a marchar, sin hacer ruido. Y mucho menos daño.

Siempre he preferido el griego al latín. La caligrafía, la sonoridad y, hasta los mitos y leyendas que servían para entender, un poco más, este mundo tan inhumano y real.

Alfa, beta, gamma, delta y para de contar. Nunca nadie se acordó de épsilon, zeta o iota, sin embargo, sí de omega. Al igual que nunca nadie se acuerda de lo que sucede entre medias, pero sí de los nervios del primer día de universidad, la ropa que elegiste para esa primera cita, o incluso, las palabras que usó para despedirse de este mundo.

Alfa y omega. Principio y fin. Dos elementos distanciados equidistantemente que se llevan bien o mal, o simplemente, se tienen que soportar, porque ambos, aunque duelan, están entrenados para ser, estar y existir.

Porque no hay principio sin un fin; ni un final sin un comienzo.

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