Amor

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De todas las expresiones artísticas que existen, siempre he dicho que la escultura es la que menos emociones me ha provocado desde que empecé a disfrutar el arte desde otras perspectivas. Es cierto que los impresionistas me han provocado emociones con su uso del color y del espacio, que los pintores contemporáneos me llegan muy adentro porque creo que juegan a despertarnos de la anestesia en la que vivimos, que me sobrecoge la arquitectura al recorrer una ciudad por primera vez y la mía propia, porque tenemos una historia común, cada trozo de piedra y mi corazón. Que hay películas, canciones y libros que me han llegado muy dentro y otros que se han quedado a vivir conmigo. Pero con la escultura tenía un conflicto, había algo que la hacía fría para mí. Solo recuerdo una ocasión en toda mi vida en la que una escultura me hizo llorar. Supongo que fue porque me identifiqué con ella en cierto modo. La vi sin esperarla, coronando una magnifica escalera, en el Louvre. Los que habéis estado allí ya sabéis de quien hablo: La Victoria de Samotracia. Esa mujer sin cabeza cuyos brazos se transforman en alas, incompleta pero perfecta y libre.
Pues bien, hace poco me encontré con una escultura que me dejó paralizada sin poder dejar de mirarla. Se llama, “Amor” y es del escultor ucraniano Alexander Milov. Representa dos personas hechas de alambre dándose la espalda y dentro de ellas sus niños interiores, que nos conectan con esa necesidad que a veces escondemos de amar y ser amados. Porque al final todo se reduce a eso, todos queremos que nos acepten y nos quieran.
Milov ha sabido captar algo muy complejo con una imagen y un juego de luces. Ha hecho a los adultos en conflicto de alambre, como si de una jaula se tratara, y dentro, encerrados, a esos dos niños que vemos mejor cuando la luz se aleja, cuando llega la noche y nos quitamos la máscara de adultos serios, responsables y a veces enfadados con nosotros mismos y con el mundo.
Viéndola me viene al corazón mi niña interior, que a veces me grita y a la que normalmente hago callar.
Quizá la clave para seguir creciendo sea escucharla, dejar que juegue, conseguir que ame y se deje amar. En definitiva, que haga lo que siempre ha querido hacer. Y abrazarla tal y como es: Única, real, una Victoria de Samotracia. Incompleta pero perfecta y libre.

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