Ascensor

Llenito de ella regresaba a casa caminando junto al sol recién levantado.

La sensación de apurar la noche le provocaba una refrescante convicción de estar disfrutando cada minuto del verano.

Abrió el portal y entró en el ascensor.

Se miró en el espejo observando las arrugas de su camisa como huellas de lo sucedido.

En aquel pequeño espacio, su ropa todavía humeante, silbaba el sensual perfume de los besos recibidos.

Sus dedos, siempre inquietos e insaciables, seguían reclamando el botín del cuerpo anteriormente conquistado.

Sus ojos como si se tratasen de un mapa de sentidos intentaban recordar cada posición de sus lunares.

Cada lunar fue un descubrimiento entre sonrisas y un interminable deseo.

Que bonito pensó, fue perderse en esos abrazos.

Que bonito pensó, fue encontrar a alguien que le agradasen sus deseos.

El recuerdo de manera instintiva le hizo apretar la baranda del ascensor, imaginando que todavía agarraba su pelo.

Siguió paseando su mirada delante de aquel espejo encontrando restos de maquillaje de aquella chica simpática. El rastro de carmín desembocaba en su cintura.

El ascensor ascendía mientras echaba la cabeza hacia atrás, intentando agarrar con el recuerdo aquel momento.

Las puertas se abrieron.

Llegó a casa inquieto iluminado por ella. Abrió el grifo de la ducha, se desnudó atravesado por aquel momento vivido, y empezó a mojarse jugando con sus sentidos.

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