Autotemorizamos

Cada vez son más quienes excusan su vacío de ambición con límites impuestos por si mismos: auto justifican sus “carencias” con el juicio de que existen demasiados porqués para tan pocas salidas; demasiados motivos para reducirlos a la nada; demasiados miedos para un mismo final. No se dan cuenta de que lo que realmente existe es demasiada cobardía para una sola vida o demasiada vida para tan poco valiente; demasiada mentira concentrada en una sola sociedad y demasiados silencios repletos de sueños.

Maldita la capacidad humana de dejarse para nunca lo deseado, prolongaciones eternas que se disminuyen a cero. Autotemorizamos. No hablamos. Nos sumergimos en la ausencia de palabras entre miedos vanos. Perdemos por segundos la virtud de conocer sintiendo. Con esta continuación acabaremos siendo socialmente apocados y nos limitaremos en términos. Terminaremos vistiendo todos las mismas palabras: nadie querrá salir de la vida estandarizada, de lo que toca. Nos simplificamos. Estamos adquiriendo el mal hábito de infravalorar los actos, de asustarnos de lo inexistente y de allanar la vida, de sentirla sin altibajos. Preferimos el eclipse de emociones por miedo a un rechazo aparente, tan verdadero como falso. Simplificamos la vida y el tiempo creyéndolos interminables, pensamos en ellos como si no estuvieran cosidos, o quizás ni los pensamos y solo los dejemos pasar. Nos hacen pensar que arriesgar es de ilusos, que hay que esperar, que todo sigue un ritmo, que nada acaba y que el divino tesoro se alargará hasta tu ascendente vida. Cinco de las infinitas falacias de la vida en solo una frase.

Existen una serie de personas que andan conquistando mentes colectivas influyentes. Abundan en la tierra y son terriblemente fáciles de encontrar. Ellos se niegan a autoconocerse, se conforman con lo impuesto, detestan arriesgarse y tienen pavor a revelarse. Me apena, pero no os alarmaréis al encontrarles: son socialmente lo más aceptado. Cada vez son más y me inquieta, me asusta hasta el límite de tener que preveniros. Ellos actúan, viven, piensan y sueñan como si la mente individual no tuviese verdad. Narran el amor, como si eso fuese posible, hablan de él y lo dañan cada vez que lo insinúan como una obligación sin remedio. Dicen te quieros absurdos cuando observan la soledad de cerca, cuando les atraganta, cuando necesitan curarse rindiéndose ante la absurdez de empezar lo ya acabado. Se lanzan a su simulada pasión como si no tuviesen salida propia, como si su única alternativa fuese autoengañarse. Y, cuando caen en la realidad de que el tiempo corre por sus vientres, mal actúan por si les alcanza.

Lo que no saben es que luego les visita su error, les llega esa pregunta que no cesa:

¿Por qué si no me atravesó el aliento continué buscándole en sus presencias?

Es cuando aparece este interrogante cuando les visita un adiós que, cobardes, suelen prolongar hasta unos límites exasperantes y, muy pronto, la cita diaria con la angustia ya se habrá convertido en rutina gracias a esa mentira llena de pena que dilataban conscientes. Huid, daros a la fuga de estas personas que ignoran la imposibilidad de crear un “te siento”. La verdad alcanza a toda palabra hipócrita pasada. Mentirse no es una opción; quererte a ti mismo para poder sentir real y plenamente al mundo con su gente, sin duda, la mejor.

Dicen que el ser humano tiende a empeorar casi siempre. Sé de quienes contraargumentan este tipo de afirmaciones. Sé de quienes se viven como quieren recordarse. Para no tener que recordarte nunca porque nunca habrás terminado de vivirte feliz.

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