Brisa

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Cada vez que la brisa acaricia mi pelo y lo revuelve viene a mi mente el recuerdo de aquel día de otoño del año noventa y nueve. La ciudad me agobiaba, me angustiaba y cuando notaba que mis sentidos no podían más, escapaba de aquella jungla de rascacielos. Conducía durante un par de horas hasta que llegaba al mar. El olor a salitre y el viento moviendo mi pelo me daban la calma que no existía en aquella ciudad que me había visto aguantar las ganas de volar durante muchos años.

En esa época del año apenas había gente. Sólo se veían jubilados que vivían allí durante todo el año, parejas que pasaban algún fin de semana romántico o fugitivos que escapaban de su soledad, como yo.

Me senté a unos diez metros del agua, abrazando mis rodillas, pensando en todo lo que me esperaba al volver. Me sentía vacía, inútil. Sentía que mi cuerpo era un títere en manos ajenas, hasta que te vi.

Saliste de la nada, con tu cuerpo flotando dentro de un vestido blanco que marcaba tus caderas. Bailabas de un lado a otro, tocando el agua del mar con los dedos de los pies, riendo a carcajadas contigo misma. Llevabas una tiara de flores pequeñitas en el pelo, ¿de dónde las habrías sacado en esa época del año? Me hipnotizaste, no podía apartar la mirada de ti. De repente tu presencia había llenado cada hueco de mi alma. No sabía quién eras, no sabía de dónde habías salido, ni tu nombre ni tu edad, sólo sabía que me llenarías la vida.

Me daba miedo acercarme y que te asustaras, pero eso no pasó. Antes de que yo pudiera salir de mi ensimismamiento te sentaste a mi lado. Me dijiste que nunca habías visto a nadie mirar con tanta tristeza hacia el horizonte. Que eso no debía ser así, porque el horizonte es el lugar donde todo es posible, donde la vida te espera. De repente toda mi tristeza se esfumó y dibujaste una sonrisa infinita en mi cara.

Pasamos todo el día juntas; hablamos del mar, de la libertad de rozar la arena con los pies descalzos, de tu vida, de la mía. De tu sonrisa, de mi tristeza. Me llenaste el pecho de aire y los ojos de brillo. Me diste la fuerza que yo creía perdida y no te importó mi pasado, sólo mi presente, el ahora que vivíamos las dos.

Me contaste que pasabas temporadas en aquel lugar cuidando a tu abuela y que cuando esas temporadas acababan desaparecías. Porque eras así, volátil, inconsciente, aventurera. Si te soy sincera, aquello me dio mucho miedo. Me daba miedo no volver a verte nunca, no volver a percibir tu aroma a flores, ni ver el lunar que tenías en la nariz.

Me prometiste que nos volveríamos a ver algún día, en aquel lugar y sentí terror. Nos despedimos con un beso tímido y te fuiste bailando. Yo volví a mi ciudad de monstruos y villanos, con la única esperanza de volverte a ver algún día, en aquel lugar, frente al mar.

Pasaron los días, incluso semanas y no sabía si volver a aquel sitio. No quería llegar y descubrir que todo había sido un sueño, que no eras real; o encontrarte y que no te acordaras de mí o que no quisieras acercarte, porque al fin y al cabo quién era yo para que perdieras tu tiempo conmigo. Sin embargo, llegó otro de aquellos días en los que la ciudad me superaba, me hacía querer escapar y lo hice. Volví a aquel lugar, a nuestro lugar.

No estabas. Me hice a la idea, estaba preparada para eso. Era demasiado bonito pensar que en cualquier momento que yo llegara tú ibas a estar allí, esperándome. Me tiré en la arena a contemplar las gaviotas que pasaban volando, a escuchar el sonido de las olas chocando contra el acantilado y me dormí. Al rato algo me despertó, era el tacto de una mano tocando la mía. Eras tú y después de seis años sigues siendo tú.

Y cada vez que la brisa acaricia mi pelo y lo revuelve recuerdo el día en el que todo empezó.

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