Cartas a mi yo

Fue el agujero negro de mi vida, el pozo sin salida y mis noches en vela. Hubo un día en el que decidí poner punto y final; darme un respiro y buscar la vida lejos de aquello que me mataba, pero nunca fui consciente de cómo de duro iba a ser conseguirlo. No fue fácil, pero tampoco nadie me dijo que lo fuera.

Hubo muchas noches en vela, con lágrimas en los ojos, náuseas y ganas de ir al baño a arrojar cada uno de los alimentos que minutos antes había ingerido. Hubo ganas de darme por vencida, cartas a mi yo del pasado para recriminarle por qué había decidido entrar en el ojo del huracán, pero lo cierto es que una parte de mí sabía que yo no elegí estar allí. Nunca fui consciente de lo que estaba pasando ni mucho menos del momento en el que se convirtió en algo peligroso. También hubo cartas a mi yo del futuro diciéndole que esperaba que todo estuviese valiendo la pena, que algún día pudiese ser feliz. Hubo tantas huellas, tantos moratones, tantas secuelas que, a día de hoy, me es difícil desprenderme de ellas. Hubo momentos en los que deseaba que nada de eso hubiera pasado, evité una báscula durante años, el gimnasio me atemorizaba y la vida sana me creaba una ansiedad que nada ni nadie podía parar.

Ahora echo la mirada atrás y veo un vacío legal, unas condiciones de uso que yo no sé si podría volver a firmar. No estoy segura de si volvería a pasar por cada uno de aquellos segundos, pero no me arrepiento de cada una de las lágrimas, de haber nadado a contracorriente, de haber sentido la muerte en mi piel, de haber visto a mi alma pedir a gritos que quería vivir, de haber querido más mis huesos que a mi vida… No me siento orgullosa de haber estado enferma, pero sí de haber sobrevivido y, en mi cuerpo, haberle rociado gasolina para luego ver arder a esa enfermedad que un día me veía ardiendo a mí.

Así que esta vez sí, querida yo de aquel momento.

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