Cita a ciegas

Entré en la estación pocos segundos antes de que mi tren llegara al anden. Pero no corrí. Si tenía que cogerlo a tiempo, lo haría. Y si no, esperaría al siguiente.

Esperé.

Sí, ojalá pudiese decir que voy sin prisas por la vida y que me dejo llevar, pero no, estaba de los nervios.

Era domingo, así que los trenes no circulaban con tanta frecuencia. Significaba que iba a tenerle allí probablemente preocupado, me imagino, sin saber si yo iba a aparecer.

Pero la verdad es que prefería no ser yo la que tuviese que estar pendiente de él. Se me da fatal quedarme quieta, y sola, y sin saber qué. A diferencia del tren, él sí que podía, si quería, dejarme plantada. Además, tan solo iban a ser, ¿cuánto? ¿Quince minutos?

Tuve la suerte de subirme a un vagón donde reinaba el silencio. Perfecto. Un viaje tranquilo era justo lo que necesitaba. Cogí asiento al lado de una ventana, para poder dejar la mirada perdida en ningún lugar.

El corazón, cada vez más rápido. Me di cuenta de que tal vez, una pequeña parte de mí, estaba cambiando de idea.

En el reflejo distinguía constantemente una bufanda de color rojo que desviaba mi atención. Qué chico más interesante.

Interesante, atractivo, como quieras llamarle. Era mi prototipo de hombre y no me resultaba nada fácil desenfocarlo. Quería que me devolviese la mirada con tantas fuerzas que sin quererlo empecé a moverme demasiado en mi asiento. No estaba segura de querer llamarle la atención pero, por otro lado, por favor, mírame. ¿Qué me estaba pasando?

Aquel día tenía una cita a ciegas con alguien que había conocido en Internet. Roberto. Sí, ese era mi plan. No le conocía y ya le estaba siendo infiel. Probablemente en aquel instante yo me estaría fijando en un chico que tenía la vida solucionada y yo, sin embargo, no podía tener menos idea de qué hacer con la mía.

Roberto era tan dulce manteniendo una conversación. Físicamente, no sé bien qué decir. Tal vez no eran sus mejores fotografías. Pero me había gustado hablar con él. Por eso había decidido conocerle.

Pero ahora, pensándolo bien, qué aburrimiento. Aquel otro chico me tenía cautivada, a pesar de que ni siquiera podía apreciar bien sus facciones, pero ese porte… ese saber estar. Puede que todavía no estuviese preparada para conocer a alguien a fondo; puede que tan solo necesitase un encuentro pasional sin los preliminares. Pero qué digo.

El tren llegó a su última estación y al levantarnos le perdí de vista. Pero seamos sinceros, ¿qué podía hacer?

A lo lejos, divisé la tienda de chucherías donde habíamos acordado esperarnos. Imaginamos que allí no encontraríamos a muchas personas adultas, como nosotros, por lo que sería fácil reconocernos.

Pero no estaba. ¿Se habría ido? Miré el teléfono, sin batería. Mala suerte la mía. O me lo tenía merecido.

Esperé 5 minutos, cuando de repente me di cuenta de que en la tienda, en el interior, un chico con una bufanda roja se disponía a pagar en caja.

Quería verle la cara, tenía intriga, pero esta vez no quería que él me viera allí, tan sola, tan plantada.

Así que me fui. Ni rastro de Roberto.

Written By
More from Marta Soria

Todas las versiones de mi misma

e dijeron que vida solo hay una y que debía exprimirla como...
Read More

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *