El color de tus ojos al bailar

Photo by Matthew Henry on Unsplash
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Justo al llegar a la barra del bar sonaba “El color de tus ojos al bailar” de El aviador Dro y ella se marchaba. Había tomado café y dejó la marca de sus labios en una taza de cerámica exquisita decorada con flores y hojas de colores pálidos. La seguí un momento con los ojos, pensativamente y bajé la vista hacia el suelo, pero perduró en mi mente la imagen del encuentro. Creí reconocerla quizás por haber coincidido en un cuento raro de esos que no tienen ni principio ni final y sólo cuentan un fragmento de algo pasajero. Fue como un déjà vu y desapareció al instante. Cerré los ojos, suspiré, e intenté oler la estela de su belleza y la suavidad de su piel. Entonces recordé el cuento que habíamos compartido: Caminábamos por un bosque, entre árboles altísimos y asimétricas estructuras metálicas, y hojas marchitas caían como una lluvia lenta en otoño. Fue uno de los paseos más bellos que recuerdo. Las personas con las que nos cruzábamos eran como sombras que susurraban, llevaban unos extraños dispositivos mecánicos en sus muñecas y no se les distinguía el rostro. Era como si vibrasen a una frecuencia altísima y parecían titilar.

Estuvimos caminando hasta que nos empapó el rocío, y las pisadas de los demás y su eco metálico, repicaban como en un sueño del que se recuerda vagamente algún detalle. Más tarde descubrí que esas máquinas que las sombras llevaban en sus muñecas se llamaban relojes, y que se usaban para cosificar instantes mejores o peores fijándose en la duración exacta de cada uno para casi no vivirlos.

Y así recordando detalles sin importancia del cuento la perdí de vista. Miré a mi alrededor y estaba solo. Los demás que paseaban como sombras susurrantes miraban sus relojes con interés enfermizo.
Entre tanta medición de tiempo y tanto sinvivir confundí su silueta con alguna flor rara y de color pálido que decoraba una taza de cerámica exquisita con restos de carmín en la barra de un bar cualquiera donde sonaba “El color de tus ojos al bailar” de El aviador Dro. También decidí marcharme yo. ¿Qué sentido tenía seguir allí? Al alejarme cayeron al suelo hojas secas de color otoño que no sabía que tenía en mis hombros. Olía a árboles altísimos y metal oxidado.

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