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De Marilyn Monroe se cuentan infinitas anécdotas, miles y miles de episodios que han servido para escribir tantas biografías y libros sobre su vida. Sin duda un icono de su época y también de la nuestra, un personaje mediático que le tocó vivir en un mundo donde el fenómeno de las estrellas mediáticas acaba de surgir.

De todas las historias que se cuentan de ella la que más me llama la atención es la de su relación con el escritor norteamericano Arthur Miller.

Famosas son todas las turbulentas relaciones sentimentales de la estrella, todas las veces que se casó, la multitud de amantes… No en vano era la mujer “más deseada de América”. De todos sus amoríos merece la pena destacar su relación con Joe DiMaggio con el que llegó a casarse. DiMaggio era el mejor jugador de béisbol del mundo, y su matrimonio con Marilyn los convirtió en la pareja del momento. Pero la fama y el éxito de ambos no ayudó a que la pareja fuera feliz sino todo lo contrario. La agitada vida de Marilyn de rodaje en rodaje, relacionándose con toda clase de personas, y siendo la mujer que todos los hombres deseaban, contrastaba con la vida que Di Maggio quería para ella. Marilyn no era la ama de casa tranquila y subordinada a su marido. Era la superestrella de Hollywood. Marilyn no podía ser la mujer que DiMaggio quería, y el segundo matrimonio de la actriz se rompió al cabo de sólo unos meses. El jugador de béisbol no era el hombre que la personalidad triste y frágil de Marilyn necesitaba.

Detrás del glamour del cine y de las fiestas con la jet set, Marilyn Monroe era una huérfana en todo el sentido de la palabra. Una mujer que se mostraba segura y decidida ante la cámara, ocultando así todos los miedos y las tristezas que la embargaban, escondiendo la sensación de desamparo que había sentido desde niña, de orfanato en orfanato, de familia de acogida en familia de acogida, siendo hija de la misma soledad, soportando abusos de todo tipo. Abandonada por su padre, y con su madre esquizofrénica, su infancia fue de todo menos tranquila. La gloria que le vino después apenas servía para tapar todas las fisuras de su alma. Depresiva, melancólica, débil, siempre en busca de algo, siempre en busca de reconciliarse con el mundo y con ella misma. Ni el dinero, ni la fama, ni el sentirse deseada por todos la llenaba. Y así conoció a Arthur Miller.

Para sorpresa de muchos, además de seducir a toda la audiencia con sus películas, Marilyn era una ávida lectora, una mujer con una inteligencia por encima de la media. En este contexto de intelectuales (muy conocida era su amistad con Truman Capote) conoció al dramaturgo Arthur Miller y se convirtieron en la pareja más atípica que se podía imaginar. La hermosa actriz rubia con el escritor de gafas, serio y desgarbado. No, no era el fuerte deportista que era DiMaggio, ni ninguno de los otros grandes amantes que habían desfilado por su cama. Miller era otro tipo de hombre.

Los más allegados a la pareja aseguraron que fue el hombre que mejor entendió el desequilibro y el vacío emocional que padecía la actriz. Se casaron, y él la cuidó, y a veces fue también cómplice de sus vicios, pero siempre estuvo a su lado. En cierto modo el escritor renunció a su tranquila vida como artista e intelectual para pasar a convertirse en simple y llanamente: “el marido de Marilyn”. Él le aportaba todo lo que ella reclamaba y que nunca había podido encontrar; la atención de saberse protegida, el hombro donde llorar cuando el mundo, ese frívolo y grandilocuente mundo donde ella vivía, le pesaba demasiado. Arthur Miller la acompañaba a los rodajes, supervisaba que nada le faltase.

La diva de Hollywood descubrió que no había errado en su elección. Miller era distinto. Con su sensibilidad de dramaturgo había logrado ver que bajo todos los encantos físicos de Marilyn se escondía una niña dulce y sensible, una mujer víctima de su propio éxito, una persona que necesitaba sentirse importante para alguien y no ver como un simple objeto, no sólo la cara bonita, no un trofeo que pasear bajo el brazo de ningún hombre.

Pero como suele suceder en estas historias, el matrimonio entre Monroe y Miller tampoco duró demasiado. Miller se cansó de ser su consejero y redentor. Y también se cansó de sufrir las constantes infidelidades. Esa era la parte dura de estar casado con Marilyn Monroe. Llegó el divorcio, y llegó el romance de la actriz con Kennedy (con los Kennedy) aunque se sospechaba que la cosa venía de más atrás; y luego la lenta caída, y luego el fin. Si se suicidó o no es algo que no compete en esta historia, en la historia Marilyn Monroe y Arthur Miller, en la historia de como el “Cuerpo de América” acabó casada con el “Cerebro de América”.

Lo que más me sorprendió de toda esta historia fue ver como la imponente Marilyn, la mujer de los mil amantes, encontró consuelo (el poco consuelo que su alma podía llegar a albergar) en brazos de un intelectual con aspecto de bibliotecario. La extraña pareja, sin duda alguna. Una historia tan bonita como trágica, una historia con la que me sentí plenamente identificado en cuanto la conocí y me sumergí en ella. Porque a veces estos paralelismos ocurren, y ver reflejada la historia de uno mismo en dos personajes como Monroe y Miller sorprende y reconforta.

Y no, mi Marilyn no era ninguna estrella reconocida, ni tampoco le hizo falta serlo para quererla como la quise. Mi Marilyn tampoco era rubia, pero en sus profundos ojos negros yo encontraba todo lo que necesitaba. Mi Marylin no adolecía de todo ese halo artificial de los personajes famosos, pero en gran medida sus sufrimientos y vacíos emocionales eran los mismos. Tan jovial como triste, tan encantadora como depresiva, estaba muy lejos de ser perfecta, pero amé su imperfección, amé todas las fisuras y grietas de su corazón más que cualquier otra cosa. Y no, por supuesto yo tampoco era el prestigioso intelectual, escritor y dramaturgo, ganador de un Pulitzer como Arthur Miller; simplemente yo fui yo, el que escribe estas líneas, el de siempre. No nos hizo falta ser grandes estrellas para vivir lo que vivieron ellos.

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