A contracorriente y sin frenos; cual kamikaze aturdida

Fotografía: Ana Ortiz González

A contracorriente y sin frenos; cual kamikaze aturdida que no entendía que, a cada beso, menos segundos de vida

Tiempo.

Constructo social.

Maldito reloj de arena que juega con el azar. Arena que se escurre entre mis dedos como tú entre mis brazos. Oleada de frío viento que huele a conjunto vacío. Te empeñaste en echar un pulso para ver quién era aquel capaz de quitarme más la vida y no te dabas cuenta de que estabas extremadamente lejos de aquello que te proponías. Te cegaba de tal modo tu absurdo egocentrismo que olvidaste que yo solo le otorgo la opción de permitirse hacerme sufrir a aquello que llamo vida con solo una cláusula en nuestro contacto: cuánto más me duela, más fuerte me hago.

Confundiste querer con aquello de romper, pues si el amor duele significa que te has equivocado en el término que utilizas para referirte a él. Tuviste tantas opciones para escoger que tú preferiste elegirme a mí para vender mis órganos en el mercado negro, sin contrareembolso, sin previo aviso. Robaste a mano armada cada esquina de aquello que llamabas alma y me dejaste sin aliento como si la vida no pasara. Hiciste de mis días un lunes constante entre versos bebidos y caminos heridos. Te pusiste la capa para estrellarte en un glaciar al topar con aquellas medio verdades y tus aplastantes mentiras. Supiste huir como James Bond y su fascinante encanto al salir corriendo. Normativizaste las situaciones y me acostumbraste a un cúmulo de horas anestesiada por aquellas lágrimas que no cesaban. Determinaste mi vida como las nubes determinan la lluvia y reíste al verme girar como una noria sin saber a qué lugar me dirigía. A contracorriente y sin frenos; cual kamikaze aturdida que no entendía que, a cada beso, menos segundos de vida.

Aceleré, si había sido una kamikaze, que al menos me sirviese para la huida. Huida de aquellos hilos que un día tu sujetaste…. Respiré como aquel niño que nace y siente, por primera vez, qué es vivir fuera del útero de su madre. Desde aquel día siento la vida, sin miedo, sin prisas, sin batallas, sin espadas, sin moratones, sin cortes, sin sangre, sin asfixia. Eso es amor. Libertad. Entonces aprendí que querer es no cortar alas, sino alentarlas para que vuelen tan alto como puedan.

Tags from the story
, , , , , ,
More from Estela Tarrazona

Miedo

Recuerdo el olor a dolor. Sus gritos llenos de odio, Mis lágrimas...
Read More

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *