Conviviendo con el miedo

Leon
Leon

Les voy a contar mis historias con el miedo. Hoy la primera parte es con mi infancia.

Todo comenzó cuando tenía tres años. En mi casa vivía una empleada del servicio que se llamaba Paulina, no se si todavía vive, porque no volví a saber de ella, pero cuando convivió con nosotros y nos cuidaba a mis hermanos y a mí, a ella le gustaba asustarnos, sobre todo a mí. Gozaba con mis gritos, mis miedos aterradores y la manera en que me instalo el miedo, marco mi vida, hasta que comencé a hacer consciente lo que realmente es esa emoción.

Cuando tenía tres años, ella siempre me decía que el diablo rondaba en la oscuridad y los truenos eran señal de que Dios estaba furioso. Fueron noches de terror, por cuenta de esa señorita. Cuando mis padres se enteraron de lo que ella me hizo, la echaron de la casa.

Pero ya el miedo quedo instalado de por vida. Crecí con el miedo al diablo y tuve que poco a poco superar ese miedo instalado para esa mujer, en donde logré, gracias a un amigo indígena y al maestro Martín Ochoa, entrar a las profundidades de mi mundo interior y quitarme el rencor que tenía hacia ella, pues muchas veces me pregunté, las razones, por las que ella me asusto tanta veces y siendo tan niño.

Cuando logré salir de mi, comprendí algo muy valioso, gracias a ese miedo que ella me enseño siendo un niño, pude enfrentar situaciones muy complejas, en mi encierro en los casinos y derivado de esa adicción, herede un trastorno de ansiedad.

En esas dos experiencias, el miedo se hace presente una y otra vez y es muy fuerte. Si no hubiera conocido esa emoción, desde muy pequeño, no hubiera logrado soportar los intensos ataques de pánico, escenas de terror al salir a la calle y otras tantas vivencias. Ahora le digo: “Gracias Paulina, porque desde niño conocí lo que es el miedo, y pude sortear situaciones extremas. Gracias”

Colaboración| Carlos Sánchez

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