Crónica de una narración anticipada

Admito el prejuicio del que me imbuye el concepto de cita desde el punto de vista romántico o afectivo, lo que maximizo cuando pienso en la expresión cita a ciegas. Eso de quedar a sabiendas de que hay un propósito claro en ese encuentro, presumiblemente sexual, le quita todo el aliciente a una narración bien construida desde el paradigma clásico. Pero en estos tiempos posmodernos en los que ni los buenos son tan buenos, ni los malos tan malos, he decidido no pretender al héroe porque el villano es muchísimo más seductor.

Tan seductor como caradura. Así es el hombre con el que, por qué no, tuve un encuentro tras breves y agradables conversaciones por whatssapp. Simpatía y seguridad innatas se transmitieron a través del chat para que yo accediera a un café en el centro de la ciudad. Simpatía y seguridad que se mantuvieron por parte de ambos durante aquella tarde junto a mi amiga la seducción y mi colega el mamoneo. Pero ya que había entrado al juego, lo asumí con todas las consecuencias. Y averigüé que improvisar en las nuevas tendencias narrativas podía ser totalmente divertido y motivador, al fin y al cabo, jugábamos a ser dioses ante un tablero desdibujado. Eso sí, con una regla básica inicial muy clara: él tenía pareja. Pero los dos habíamos metido ya ficha y nos encontramos de repente en un terreno terriblemente sugerente para jugar sin importar el ganar o el perder. Llegados a este punto, todos los juicios y prejuicios mutuos se encontraban a salvo. La partida había comenzado.

Y en mi afán por analizar y comprender los relatos me pregunto qué tipo de historia comienza por un final. Esto no es una comedia romántica habitual. Ante una narración en la que la premisa de su compromiso es la base del hilo argumental y el desenlace conduce rotundamente a un desastroso episodio, los efectos emocionales básicos de la enunciación se distorsionan. Dónde ha quedado aquel suspense que hace avanzar la acción si la sorpresa ya ha sucedido. Que hay de esa intriga si todo ha quedado ya al descubierto. Aquí el reto del laberinto narrativo contemporáneo en el que los relatos se diluyen, los héroes mueren, las princesas se tornan infames, las casualidades son plausibles y las anticipaciones pueden quedar no resueltas. Es momento de poner límites y derribar barreras.

En este marco el flirteo tiene su puntito, pues se trata de combinar de otra manera las pautas de la narración para comprobar los efectos. Una posición completamente kamikaze a la vez que fascinante. ¡Una locura! He ahí la intriga de no saber cuándo se producirá el próximo encuentro, si es que lo hay, ya que otros agentes ocupan su espacio-tiempo. He ahí el suspense de no saber hasta dónde puede llegar, a pesar de los preámbulos. Y he ahí la sorpresa de no saber qué madrugada va a presentarse en mi casa para darme los buenos días.

Una realidad seriada, y posiblemente de una única temporada, de dos personajes que se cruzan por casualidad y comienzan a conocerse, como todo cuento romántico. ¡Irónico! Una concesión a la improvisación. También la deconstrucción de mi propio discurso moral que me conduce a un cinismo simplón y me sumerge de lleno en el gran juego de la vida. Vivir aquí y vivir ahora aporta solvencia al personaje y le ofrece muchas más formas de vida. Es el estilema del villano clásico que en tiempos modernos insemina a la princesita sacándole de su impostura y convirtiéndole en una mujer real. Una combinación que, por qué no.

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