Cuestión de sangre

Hoy desnudo mis palabras por aquello que no es efímero en esta vida. Aquello que llamamos sangre, que llamamos confianza, que llamamos hogar, que llamamos vida. Hablo de todos aquellos que pasan por nuestra función y echan raíces, igual no como personajes principales, pero si como aplausos infinitos, como abrazos que crean, entre dos cuerpos, el mismísimo vacío. De todos aquellos con los que compartimos ADN, de esas ganas de seguir que solo una madre produce, de esos consejos que un padre regala, de esa forma mediante la cual un abuelo regaña, tan contundente y a la vez tan dulce. De esas hostias que se merece un hermano, pero que con el tiempo se convierten en caricias y en caminar juntos de la mano.

Y para ello, pido que miréis vuestra vida con los ojos de la nuca, que volváis al pasado montados en el Delorean, que volváis a revivir esas noches de lloros y lamentos en la cuna. Solo así podréis entender esto de lo que hablo. Solo así podréis comprobar que nuestra vida se nutre de recuerdos y nuestras sonrisas de reencuentros. Que somos frutos de un mismo árbol, notas del mismo pentagrama, gotas de una misma nube. En mi opinión, ese será mi último recuerdo. La gran familia que tuve. Y sí, sin la familia no seriamos nadie. Si no me creéis, dejad que hable.

Creo en la familia como la mejor vía de escape, como aquel pilar que nunca se derrumba, por mucho que sople el aire. Creo en la familia como diferentes ases a disposición de cualquiera de nuestras mangas, como solución a todo tipo de virus, de crisis sentimental y existencial, como aquella cama donde reposar para respirar y volver a la carga. Apuesto por la familia y sé que nunca voy a perder, aun siendo la cuota muy alta. Siempre que el cielo caiga sobre mis hombros, habrá alguno que me ofrecerá su mano, con el que poder luchar codo con codo.

Y supongo que este sentimiento es el que me hace ser como soy, el que me hace ver la vida de color esperanza, el que me hace creer en el amor como idioma universal, el que me da fuerzas cuando se tuerce mi balanza.

Entonces, una pregunta se me atraganta siempre que oigo que dos hermanos se han dejado de hablar, siempre que un padre abandona a sus hijos, siempre que una madre deja en la basura a su recién nacido. Algo que siempre acude a mi mente cuando veo a hijos discutiendo por herencia, cuando veo a abuelos desterrados a residencias, no por mejorar sus vidas, sino por dejar de ser cargas.

¿De verdad? De verdad somos tan sumamente inútiles. Más que inútiles creo que somos como peces, sin memoria, sin capacidad para retener recuerdos, y sin corazón para convertir esos recuerdos en sentimientos. Es una lástima ver como hay seres humanos que dicen venir de los monos, de animales que dan la vida por su manada, de seres vivos con menos mente, sí, pero con más corazón que mucha gente.

Es así y así somos, personas que derrochan la sangre cuál licor barato, que no saben que la familia es como un vino, si no se conserva, acaba pasado y podrido.

Por ello hoy os regalo una parte de mí. Mis letras, y eso que otros llaman arte, para mandar un mensaje desde el corazón a padres y madres, abuelos y abuelas, hermanos y hermanas, tíos y tías, nietos y nietas. Tenéis en vuestras manos la joya más codiciada que este planeta ha conocido, una familia donde vais a ser siempre queridos. Dejaos de gilipolleces y actuad. Estáis a tiempo de pedir perdón y perdonar. De reflexionar sobre vuestros errores, coger el teléfono y llamar. Una simple llamada puede devolveros esa felicidad que un día perdisteis, esa pieza que falta en vuestro puzle, aquello que os hará morir siendo verdaderamente felices. 

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