Domingos de limpieza

Alisa Anton
Alisa Anton

Domingos de levantarse y notar que algo te molesta, ese algo que está incrustado en tu alma y que te pesa.

Domingos de darte cuenta que algo no funciona, que hay oxido en tu interior cubriéndote esos recovecos en los que no llega la luz del sol.

Domingos de mirarse al espejo y no reconocerse, un par de bolsas bajo los ojos y el pelo descuidado; el rostro de una vencida te mira fijamente, desnudándote y dejando al descubierto esos defectos que tratas de mantener a raya para que no te perforen la piel y te rocen el corazón.

Domingos de soñar con la luz filtrándose por las persianas, suaves líneas doradas que brillan en las paredes de la habitación; las mismas que te han visto vestida de mentira y desnuda de verdad.

Domingos de utilizar el edredón como escudo, protegiéndote de palabras ajenas que te quieren crucificar por abrirte a un mundo lleno de ignorantes dispuestos a ser tu perdición, demasiado ocupados en descubrir tus fallos para darse cuenta de la belleza de los errores convertidos en aciertos.

Domingos de levantarse de la cama y sentarse en el sofá con el desayuno hecho por mama y el beso en la frente de papa.

Domingos de mirar la televisión sin ver absolutamente nada, ajena a la realidad que sacude a un país demasiado ciego; demasiado cobarde.
Incrédulo, no sabe que los poetas están preparando la revolución de la pluma y del papel; dispuestos a hacer temblar los cimientos de esta sociedad envenenada por palabrearías sin sentido, vacías de sentimientos.

Domingos de levantarse para vestirse con la ropa más cómoda; domingos de recogerse el pelo en un moño mal hecho; domingos de limpieza obligatoria a un cuerpo adolorido por los golpes semanales, esos que se acumulan en un cuerpo demasiado pequeño, demasiado frágil.

Domingos de limpiarse los arañazos propinados por un felino enorme llamado presente, el mismo que te mantiene despierta en los momentos en que el dolor te consume y la certeza te sacude con la fuerza de un cañón.

Domingos de darse cuenta que el tiempo pasa; que el pelo crece y que el rostro cambia. Domingos en que la inocencia desaparece para dejar paso a la prudencia y que los deseos o se convierten en hechos o desaparecen.

Domingos dónde recuerdas que querías ser de acero inolvidable, domingos de darte cuenta que estas hecha de tinta indeleble.

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