Dos rosas rojas

Dos rosas rojas
Dos rosas rojas

El mes de febrero siempre tenía un tinte especial en mi vida. Tenía cierto matiz a pasión a pesar de que nunca le di a San Valentín una importancia relevante. La asunción de tener una relación estable no era para mí una cuestión de momentos, sino de constancia. Y tampoco solía caer en la trampa del regalismo típico de estas fechas. Pero me gustaba sentir que, de alguna manera, tenía a alguien con quien celebrar algo. Además de agradarme el hecho de recibir cada San Valentín una rosa roja a cambio de nada.

Ahora ya no existe ese alguien con quien celebrar nada, ni nadie que me regale una rosa roja. Sin embargo, el simbolismo adherido a la vida también ha hecho de esta gris semana algo especial. Fue fugaz y casi inadvertido el momento en el que recibí lo que anhelaba: mi rosa roja –y no fue solo una, sino que fueron dos–.

La vida me ofreció mi regalo sin apenas darme cuenta. Salí de casa a primera hora de la mañana y me fijé sutilmente en la estampa que había ante mí: alguien había colocado en la acera, de manera muy precisa, dos bonitas rosas rojas entrelazadas entre sí. Justo ante la puerta del portal. Era imposible no verlo. Mi atención en ese momento no se percató de lo simbólico de la situación, las prisas a primera hora de la mañana apremian cuando tienes que ir a trabajar. Pero tras avanzar varios pasos por la calle me detuve. Había visto lo que había visto. Y era real. Retrocedí. Me detuve ante las flores y las fotografié. No me atreví a cogerlas –por si me pinchaban–. No pensé en ese instante que fueran para mí. Pero por la tarde, de regreso a casa iba pensando en ellas: ¿continuarán allí, en el lugar en el que alguien las colocó?

El día había sido lluvioso y ventoso. No había rastro ya de las rosas en la calle. Busqué indicios de ellas, pero sin éxito. Algo en mi interior me decía –ahora sí– que eran mías. Que habían sido mi regalo de San Valentín de ese alguien que una vez prometió darme una rosa roja cada 14 de febrero. Pero ¿por qué dos? Precisamente esa cifra es la que me asegura que yo era la destinataria del regalo, porque uno y uno no son dos, son once. Y once son los años que han pasado desde que ese alguien me regaló mi primera rosa roja.

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