El cajón del mañana

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La vida se compone de infinitos elementos, factores que la cubren de fantasía y la
colorean con enigmas. Hay sentimientos, emociones, mentiras o errores; conceptos
abstractos, intangibles o incalculables que llenan nuestra mochila de experiencias. Hoy
me apetece hablar de las lecciones, esas frases emparentadas con los consejos que
obviamos y desterramos al cajón del mañana cuando somos niños o adolescentes; ese
cajón que, llegado el mañana, abrimos o se abre de la presión albergada en su interior;
ese cajón que nos regala pedazos de sabiduría.

Lecciones hay de muchos tipos, está esa que te susurran después de marcharse y te
dice: “No estés triste y disfruta de la familia.” Con el tiempo te das cuenta que tu
familia puede que no tenga tu misma sangre, y que tu misma sangre puede que no sea tu
familia; estas son lecciones que todavía no sé si se aprenden por uno mismo o te las
regala la vida. Luego hay lecciones que vienen envueltas en música y golpean a tu
puerta al grito de “nunca sabrás de lo que eres capaz si no te la juegas.”

A veces incluso los maestros son capaces de dar lecciones. Hubo una vez uno que me
dijo: “Las cosas no se intentan, se hacen” y desde entonces no hago intentos,
simplemente hago, porque el intento carece de fuerza y el hecho tiene fuerza en su
naturaleza. ¿Y sabéis quiénes suelen bombardearnos con lecciones? Si habéis pensado
en nuestras madres y padres habéis acertado. Nuestros progenitores son expertos en
lanzarnos consejos y nosotros en repudiarlos. ¡Ay! ¡Cuántos consejos son ahora
lecciones! A mí una vez me aconsejaron que fuera educado hasta con mis enemigos,
que la educación y el saber estar son compatibles con la indiferencia. Otra lección que
encontré cuando abrí el cajón del mañana.

También hay lecciones que te muestran los libros. Hace poco hubo uno que me
aconsejaba levantarme cada mañana con pensamientos positivos, que al despertar
olvidará toda energía negativa, por débil que fuera, y que proyectara solo sentimientos
agradables. Otra lección que aprendí que hace mi vida más alegre y a mí más feliz.

Y luego están las lecciones que, esta vez sí, las aprende uno por sí mismo en su oficio
de autodidacta. Una de ellas fue “no esperar nada de nadie y mucho menos creer que
actuarán como tú lo harías.” Esta lección me ayuda a evitar la desilusión o a enfadarme
con las personas porque en un momento dado actúen diferente a como yo hubiese
esperado; si no espero no hay nada que me decepcione y todo es una sorpresa. De la
única persona que tengo expectativas es de quien escribe esto. Otras lecciones que me
auto enseñé fueron que el odio y la rabia solo te roban energía y te alejan de la felicidad;
que una sonrisa siembra jardines frondosos y una mala cara terribles tempestades; o que
la amistad es que pasen meses sin ver a alguien y cuando la vuelves a ver el tiempo
nunca pasó y todo sigue igual.

¿Y sabéis cuál fue la mejor lección que me dieron? Aquella que nunca me dijeron
porque la mejor lección es la que se hace, no la que se dice.

Y tú, ¿con qué lecciones decoras tu vida?

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