El genio deprimido

Kimchi Lee
Kimchi Lee

El genio se hartó de conceder deseos. Sucedió un miércoles. Era marzo. Y dentro de aquella lámpara, en su día maravillosa y deseada, el ambiente era ya insoportable. 
Odiaba como los cazatesoros daban por casualidad con la lámpara, ya oxidada, pedían sus deseos, y volvían a abandonarle arrinconado en cualquier sitio más o menos secreto que acababn olvidando hasta que pasados otros cientos de años, otro desgraciado topaba por casualidad con él.


El genio decidió declararse insolvente, solicitar una quita de sus deudas y quizás emprender otro modelo de negocio. Si no más rentable, sí al menos más satisfactorio.

Valoró la posibilidad de mudarse a otro cuento. Pero ya se sabe que los cambios a cierta edad suponen un esfuerzo importante y acabó desechando esta idea. 
Mientras pensaba qué hacer con su vida, y sin saber como, dio a parar con su lámpara y todo en un cuarto piso de un edificio de protección oficial en alguna ciudad. No importa cual. Todas son muy parecidas.

Allí vivía un joven aspirante a escritor que solía dejar sus relatos a medias. Nunca acababa ninguno.
 Mientras el joven trabajaba por las mañanas, él rebuscaba en su ordenador entre carpetas de nombres rarísimos donde el eterno aspirante esbozaba historias extrañas en las que rara vez ocurría algo.
 Poco a poco se fue sintiendo bien y tranquilo entre aquellas cuatro paredes que se convirtieron en su casa mientras el joven se intentaba ganar la vida honradamente diseñando columpios y probando espejos.

Cada vez fue pasando más tiempo fuera de la lámpara. Para no llamar demasiado la atención, se vestía con las ropas de Pip, que así se llamaba el muchacho aspirante a escritor de éxito, y salía a dar paseos por la mañana. Saludaba a los vecinos, incluso preparaba algo de comida y limpiaba la casa. Poca cosa. Pero sentía que así compensaba de alguna forma al joven despistado que vivía allí, en el cuarto piso de un edificio de protección oficial a las afueras de una ciudad cualquiera.
Pip, cuando llegaba a casa después del trabajo, no recordaba haber preparado comida, ni limpiado el baño o haber puesto alguna lavadora. Todo lo achacaba al stress y al ritmo frenético en el que vivía en esos días. Los columpios cada vez gustaban menos a los niños que pasaban las tardes con los teléfonos móviles de sus padres, y los espejos ya no eran lo que una vez fueron. 
A veces, Pip se ponía delante del ordenador para intentar acabar por fin alguna historia. No había manera. Los personajes que creaba no acababan de cuajar. Todos terminaban lamentándose por la situación en las que eran creados. Alguno se enamoraba, otra viajaba a alguna realidad alternativa o plano de existencia, o se convertían en seres que sólo existían en la cabeza de Pip.


El genio le observaba desde su lámpara maravillosa mientras Pip intentaba que alguna de sus creaciones sobreviviese o fuese alguien normal, que se desarrollaba como cualquier personaje protagonista de un libro y que acababa bien su historia. Otras veces escribía algún poema que dejaba a medias por no encontrar la rima adecuada, o por falta de sílabas con las que cuadrar la métrica de los versos. 

Cuando el genio empezaba a pensar en Pip como en un sordomudo sensible incapaz de transmitir sentimientos de forma plena, encontró una carpeta en el ordenador con un nombre que le llamó la atención: “Inge: Historia de un hada caníbal”.

Contaba la historia de Inge, un hada punk que desordenaba versos, iluminaba el final equivocado de una historia, o hacía que cualquier cuento de amor acabase de la peor forma posible. Así devoraba Inge las ideas de artistas que daban con ella para que les iluminase sus creaciones con destellos creativos y mágicos mientras vagaban por ese espacio inmaterial en busca de inspiración para sus desvaríos.

El genio no sabía porqué razón Pip había creado a esa hada punk antisistema en el mundo mágico de las ideas artísticas. Pero logró ver que en el fondo Inge no era tan detestable. Sólo se sentía ofendida por cómo había sido creada y desarrollada en la mente enferma de Pip. Ella no lo sabía, ni Pip, siempre algo atolondrado, tampoco, pero el genio percibió que Inge de alguna forma amaba a su creador. Por lo que además de caníbal era algo masoquista. El mundo de las hadas y musas es todo un misterio.


El genio no dejó de darle vueltas a esta idea hasta que una mañana, mientras le planchaba a Pip una de sus camisetas de grupos musicales pasados de moda y que ya no escuchaba nadie, y la radio escupía noticias de corruptelas políticas a alguna hora en punto, se decidió por fin a dar un vuelco a esta historia.
 Cuando Pip volvió del trabajo y se sentó en el ordenador a esbozar otra historia absurda, el genio salió de su lámpara, y con su inmenso poder desarrollado a lo largo de miles de años concediendo deseos imposibles, hizo desaparecer el cuerpo de Pip de la silla de ikea en la que escribía sus pseudohistorias de ficción. Quedaron volutas de humo violeta y azul donde Pip estaba hace tan solo un instante.
El genio dispersó el humo con sus manos y se sentó frente al monitor. Abrió el administrador de archivos y buscó la carpeta del cuento de Inge que milagrosa y mágicamente había cambiado de nombre:”Historia de amor entre un hada punk y un aspirante a escritor”. 
El genio abrió el archivo y se relajó leyendo la historia reescrita de forma increíble con sus manos cruzadas sobre la nuca. En ella, Inge y Pip vivían felices en aquel soporte informático lleno de metáforas y versos escondidos en prosa.
 El genio sin nada mejor que hacer, decidió quedarse a vivir en aquel cuarto piso. Y de paso, acabar las historias sólo planteadas por Pip en su día.

Acabó publicándolas y convirtiéndose en un escritor de relativo éxito. De vez en cuando releía la historia de Inge, el hada punk, y Pip, y se deleitaba con nuevos significados que iba encontrando en esos cuentos que nunca nunca estarían acabados.

Eran mejor así.


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1 Comment

  • Hola Antonio,

    una bonita historia. He de decir que si vengo a la enredadera es muchas veces por leer pequeños relatos como los que tu escribes. Muchas gracias y sigue así!

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