El mundo se detuvo

Photo by Eric Didier on Unsplash
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Mientras parejas de enamorados cenaban y se buscaban con la mirada, y mientras en algún antro otros bailaban intentando no dormir solos esa noche, el mundo se detuvo.
Así. En un momento y quizás para siempre, el planeta dejó de girar. Fue como en un espasmo de odio infinito.
¿Demasiadas copas, o la música demasiado alta? ¿Quizás demasiados casos de corrupción o desviación de dinero público? ¿Demasiado postureo en la red social?
Al principio nadie se dio cuenta. Los enamorados seguían cenando y buscándose con ojos rebosantes de deseo. Las gentes en los antros seguían escuchando música de los ochenta esperando que amaneciese para invitar a alguien a subir a los coches aparcados fuera. Bajo la noche eterna.
Nunca amanecería más.
El sistema les explotó en las narices a los habitantes. Al menos fue en sábado.
Después de algunas horas, los cuerpos de seguridad se empezaron a dar cuenta de que los relojes se habían detenido, y de que la quietud era demasiado atroz para ignorarla.
Al principio los medios de comunicación emitían tertulias y debates en los que nadie tenía ni puta idea de qué pasaba o a qué se debía ese frenazo en la evolución de los homínidos que habitaban el planeta. Todos discutían con sus teléfonos inteligentes sobre la mesa, desviando de vez en cuando la mirada hacia ellos, por si milagrosamente todo fuese una maldita broma viral que las redes sociales
propagaron. Era jodídamente real.
Los poderes políticos, reunidos en absurdos consejos extraordinarios de ministros proponían comisiones de investigación y variaciones en los presupuestos generales de los Estados con el objeto de solucionar la situación. Estas reuniones se prolongaban infinita y absurdamente ya que el tiempo se había detenido y el planeta con él.
El extraordinario fenómeno empezó a producir extraños efectos secundarios como que algún portavoz de algún partido repetía en bucle conceptos absurdos como “participación ciudadana” o “estado democrático”, y al ser golpeado por un compañero de partido para desatascar la situación, recitaba poemas de Sor Ángela de la Cruz o de William Blake. Era algo nuevo para la clase política intentar solucionar problemas de la gente que habitaba el planeta.
Con el transcurso de los días, a los animales sociales se les iban despegando trozos de piel de su cuerpo que caían como hojas secas sobre el asfalto y sobre los millones de rotondas inútiles de las] ciudades.
Y así poco a poco fue marchitándose y deshumanizándose todo. ¿O no?
En algunos pisos de alquiler de unos 60 metros cuadrados y en algunos antros, las parejas se besaban y amaban tras una cena infinita, y habitantes despreocupados por lo que ocurría alrededor seguían bailando como si nada hubiese ocurrido. Seguían sonando canciones de los Smiths y los Jayhawks, y se seguían haciendo planes para seguir soñando un mundo paralelo mejor donde el futuro no estuviese prohibido. En algunos bares sin conexión wifi, la gente seguía “arreglando” el mundo y mirándose a la cara para hablar.
Era algo así como si Bonnie Parker y Clyde Barrow hubiesen logrado escapar a la emboscada final. Como decía la canción, en el mundo real hay tres bandos, los que viven, los que lo intentan y otros que sueñan.

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