El niño de las pestañas rotas

La luminiscencia se plasma en la tropósfera inquieta dando su inicio a la noche; una luz amarilla casi anaranjada—noctámbula estrella—corre violentamente ante nuestros ojos, dejándonos estupefactos a tal impacto—efímera imagen— la ópera del pueblo actúa con ferocidad y se extiende sin medida.

Ellos mismos salen—súbitamente— a buscar a sus amados, quienes duermen sin sábanas, solos en el frío de la madrugada.

En aquel páramo yace tu cuerpo encima de una roca, velado con tu atuendo celeste.

Y mis ojos se empañan  al ver tus párpados, cuando se te caen las pestañas, quienes se pierden en el orificio del misterio.

Mientras allá siguen las melodías con las infinitas voces.

Acá mismo se escuchan como ecos sin final, y yo sigo de pie contemplándote.

«¿Será el mundo quién me espera a mí o yo soy quién te espero?»

Un susurro eclíptico—satélite desconocido– me llama con un agudo sonido.

Y mis ojos se condenan a mirarte.

¡Mírame! Yo ya no soy yo, y tú ya no eres tú, aquellos que éramos antes, se desvanecieron en el chasquido del miedo.

« ¿Es acaso mi rabia contra la muerte o a la lozanía de tus largas pestañas irse una tras de otra, como los pétalos de una rosa?»

La barahúnda del pueblo sigue en su canto romántico, como un oleaje desenfrenarle.

Mientras yo aquí espero el suspiro ávido de un infante.

El resplandor de una sociedad llora al ser liberada, el zumbido de la noche se aleja.

Los rostros de otros seres, me miran desconcertados, como si fuese un cristal, un espejismo de ellos mismos.

El éxtasis se dispara como un temblor estrujando a la tierra.

Ellos me miran llorar, y te llaman para que despiertes.

Sin embargo miran hacia otro lado.

Tus pestañas comienzan a moverse.

¿Niño?

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