Elogio de la locura

Elogio a la locura
Elogio a la locura

La locura es relativa. Depende de quién
encierre a quién en la jaula.
(Ray Bradbury, The Meadow, 1947)

“Me fui solo a un prado con una botella y allí bebí […] Incluso lloré; lloré porque había bebido, es cierto, pero estuvo bien. No quiero decir que lo hiciera a propósito, pero estaba contento de pagar mi deuda con aquellas lágrimas. Me sentía aliviado”.

Así es como reaccionó Jean-Paul Sartre tras suspender el último de sus exámenes. Así es como se comportó ante un fallo el que iba a ser uno de los pensadores más influyentes del siglo XX. Incluso los más grandes, los que están destinados a dejar una huella indeleble en este mundo, caen, fallan, sufren. También ellos cometen errores, pero se levantan, aprenden, vuelven de nuevo con más fuerza para enfrentarse a las pruebas que les hicieron llorar en su soledad mientras maldecían su suerte. Ellos decidieron levantarse y ahí es donde reside su grandeza: no en resistir cada golpe en pie, sino en levantarse cada vez que les derriban.

Pero, ¿quién tiene esa capacidad para levantarse a cada instante y volver a presentar batalla? ¿Cómo se consigue esa fuerza y valor necesarios para poder gritar una y otra vez: “No cejaré jamás en mi empeño de conseguir aquello que deseo”? No es necesario buscar entre los grandes personajes de la historia; no hay que ir más allá del espejo para poder encontrar el rostro de quien puede todo, de quien puede conseguir lo que desea y es capaz de levantarse una y otra vez tras cada fallo. Las grandes figuras se forjan en los espejos, en esos ojos que se miran a sí mismos y se dicen, en un silencio absoluto: “No puedo quedarme donde empecé”. Todos hemos sufrido, todos, hasta los más prestigiosos y fuertes. Todos hemos querido abandonar el camino, hemos querido dejar de sufrir y nos hemos sentido débiles ante las situaciones que la vida nos deparaba. Todos hemos caído, pero todos podemos levantarnos; todos podemos alzarnos de nuevo y enfrentarnos con aquello que nos hizo derrumbarnos, porque nadie tiene un límite establecido, porque todo nos es posible mientras creamos en ello y en nosotros mismos. Siempre que confiemos en nuestras posibilidades podremos conseguirlo todo, y aquí aparece la triste realidad: el abandono.

No es raro ver personas dejando a un lado sus sueños, enterrando todo su esfuerzo y tiempo invertido en aquello que realmente deseaban. No es raro encontrar personas que abandonan todo aquello por lo que lucharon alegando que tienen que “vivir”. Las comillas no son gratuitas: es cierto que todos necesitamos comer, vestirnos, un hogar… Es cierto que nuestro mundo se mueve con dinero y que éste es necesario para que podamos seguir respirando. Jamás diría que esto no es cierto, pero jamás diría que “el mundo real” (del mantenerse respirando) impone matar nuestros sueños, abandonar todo lo que deseamos para poder seguir vivos. No es “el mundo real” quien nos hace dejarlo todo, somos nosotros mismos y nuestra codicia. Es el querer descansar ocho horas al día, comer de marca y tener un coche rápido y bonito lo que nos hace salir de la vereda del corazón (de nuestros deseos) y apalancarnos en la rutina (de la “vida”).

No echemos la culpa al mundo, pobre condenado injustamente, echémonosla a nosotros mismos, a nuestras ansias de posesión. ¿Quieres ser cantante para ganar millones o para ver los rostros felices de tus oyentes? ¿Quieres ser escritor para acudir a fiestas selectas o para aportar todo tu ser a la mejora y educación de la humanidad? ¿Quieres cumplir tu sueño porque lo amas o porque amas la retribución que lo acompaña? Si prefieres lo segundo sólo podré desearte suerte y pedirte que dejes de leer, este texto no es para ti. Si te mueve lo primero jamás dejaré de animarte y admirarte, jamás dejaré de decirte que creas en ti y que te levantes cada vez que caigas. No puedo prometerte un camino fácil, pero sí te aseguro que disfrutarás recorriéndolo, incluso mucho antes de alcanzar tu meta. Cumplir los sueños y amarlos de verdad conlleva una dura tarea: supone trabajar mientras otros duermen, comer con ofertas y llegar a la conclusión de que el trabajo no está tan lejos y se puede llegar andando, al fin y al cabo el autobús está muy caro. Amar verdaderamente tu sueño significa tener que reducir la codicia, y es así como uno se hace realmente rico: sin querer ni necesitar nada más que aquello que te hace feliz cada día.

A todas aquellas personas que luchan cada día por sus sueños, que reducen su codicia y que se divierten y sufren por el camino, va mi más sincera admiración y ánimo. Son ellos (vosotros) quienes de verdad lo merecen todo y quienes, en el futuro, todo lo tendrán. Un todo que no dejaría satisfecho a ningún avaro que “vive” la “vida real”, pero que sí colma todos sus (vuestros) deseos, deseos que se han ido forjando a lo largo de un duro y difícil camino. A todos ellos, a vosotros, os digo que nunca dejéis de luchar, porque algún día conseguiréis alcanzar lo que deseasteis.

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