En el ecuador de la superación

No hay peor dolor de corazón que el que provoca la decepción, eterno pesar que te paraliza el cuerpo y te nubla la mente.

No hay lágrimas más saladas que las nacidas de la frustración, esas que te corren por las mejillas mientras la impotencia se apropia de cada parte de tu cuerpo.

El momento más pésimo del proceso es cuando te percatas que la decepción, la frustración y la impotencia no vienen solas. Junto a ellas aparecen la rabia, el rencor y la tristeza.

Esa rabia que te calienta la sangre y te ciega la mirada, esa rabia sin sentido que no hace más que doblarte el cuerpo de dolor, que llena tu mente de mil instantes diferentes que te enfurecen aún más; imágenes extrañas creadas por tu propia e ingeniosa imaginación, que solo pretende incendiar aun más la ira que te corroe por dentro.

Ese rencor, el mismo que te perseguía años atrás cuando eras víctima de la humanidad, demasiado joven para entender que la vida no siempre es justa, que la honestidad y la sinceridad muchas veces no forman parte de la ecuación, y que el resultado no es siempre equitativo.

Esa tristeza que te rodea y te vence, la misma que rinde el resto de emociones a sus pies. Esa tristeza que resulta hija de la decepción, la misma que te ha herido sin darte cuenta en lo más hondo de tu pecho, dejando un pequeño rastro de infelicidad a su paso que te sumerge en tus pensamientos sin escapatoria posible.

Esa realidad que te recuerda que te has equivocado, quién lo iba a decir. Después de tantos años, esa persona que te comprendía y te dejaba hundir tu cabeza en su pecho, ha dejado pasar el tiempo y ha decidido que eres totalmente prescindible.

Accesoria, innecesaria, sustituible.

Y ahora, no te queda más que levantarte y mirar adelante, que mirar a los lados y notar su ausencia duele demasiado.

Ahora toca comprender que todo lo que hiciste no sirvió absolutamente de nada; que los años invertidos, los momentos vividos, las esperanzas depositadas no son más que ridículas anécdotas para quién estimo que no procedía resguardar los restos de una amistad sincera y veraz, sin disfraces ni matices.

Una amistad hecha de confianza e intimidad, una amistad de la que, a estas alturas, ya no queda nada.

 

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