¿Es la coherencia lo primero que se pierde?

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Admiramos a las buenas personas, y subestimamos a las personas demasiado buenas. ¿Quién establece el límite?
Nadie quiere convivir con los celos, pero nos pasamos el día intentando causarlos. Y yo me pregunto: ¿qué es mayor, la frustración de no conseguir la reacción esperada, o la decepción de que caigan en la trampa?
Cuando parece que ya hemos superado la fase de nosabesloquetieneshastaquelopierdes, llega la de nosabesquetegustahastaquepasadeti – Si yo sé que no quiero nada con él, solo le mareo para tenerlo ahí -. Está claro. Sobre la mesa solo cabe uno. Pero bajo la manga cientos.
Luchamos continuamente por acabar con todos los cánones sociales, por normalizar cualquier tipo de cuerpo, mientras por otro lado nos dejamos influenciar por la presión y las prisas de la llegada del verano, víctimas de la operación bikini (d)año tras (d)año.
Trabajamos por tener un buen físico, pero ojo como alguien nos quiera por él.
Nos molesta la habitación desordenada, pero a nadie le estorba su vida.
Queremos que nos tengan en cuenta, pero nunca demasiado. No sé si me explico – quiero ser tu prioridad, pero que además tengas otras; tu primera opción pero nunca la única-. Le echamos la culpa al alcohol, porque a él no le van a caer años de cárcel.
Eso que hoy nos parece patético es lo mismo que mañana patrocinará a toda costa nuestra risa. “¿Dónde va la dignidad que se pierde?” Seguramente al mismo sitio que el orgullo cuando se retiene.
Ponemos esfuerzo, tiempo, cabeza y corazón en conseguir eso de lo que después no tardaremos más de un segundo en desprendernos.
Confundimos interés parcial con interés, y es eso lo que poco después nos convierte en desinteresados.
Criticamos mucho más de lo que leemos, y hacemos maravillas con la energía negativa por la que nunca nos van a recompensar.

Todos queremos a alguien auténtico a nuestro lado, pero ¿cuántos nos lo merecemos?

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