Escena cubista

Cuando esta mañana desperté dentro de un cuadro cubista, me llamó la atención al mirarme al espejo, que había desaparecido la perspectiva tradicional con la que solía verme reflejado. Figuras geométricas, fragmentos de líneas y superficies. Tenía su ventaja sin duda. Adopté rápidamente la llamada “perspectiva múltiple” representando todas las partes de un objeto en un mismo plano. La representación de mi cuarto de baño, con sus botes de champú, cepillos de diente y toallas, pasaba a no tener ningún compromiso con la apariencia de las cosas desde un punto de vista determinado, sino con lo que sabía de ellas.

Empezaron a mezclarse en mi cuarto de baño de 3×3 metros toda clase de realidades, posibles e imposibles. Por eso aparecían al mismo tiempo y en el mismo plano, vistas diversas de diversos objetos de distintos planos de realidades, conscientes e inconscientes. Por ejemplo, veía de frente y de perfil rostros humanos. La nariz de perfil y el ojo de frente. Era una auténtica pasada ver toda clase de representaciones de la belleza de esta guisa, y sin multiplicar por el número de la divina proporción y todas esas constantes matemáticas que siempre me han parecido excusas para cosificar realidades.

Lo jodido empezó cuando del sueño pasé a la pesadilla.

Imaginad que sensación al ver caras de presidentes de gobierno con narices de presidentas del FMI, presidentes de grandes bancos despeinados y llenos de pústulas y cicatrices. Todo desordenado y al libre arbitrio de mis desvaríos. Los detalles se suprimían, aparecían y desaparecían, y a veces acababan representándose objetos por un solo aspecto. Cerdos, pañuelos rebosantes de moco, cucharas ensangrentadas, activistas de Femen, auténticos disparates sin sentido o con sentido, pero desde luego, fuera de lugar en mi cuarto de baño de azulejos blancos y amarillos.

Por supuesto intenté huir. Pero claro, al no existir profundidad en mi cuarto de baño cubista, era imposible escapar. De modo que escuchaba declaraciones institucionales y mitines políticos mezclados con canciones de Enya, o punteos de guitarra de Iron Maiden de fondo. Se mezclaban referéndums griegos, poesías de Machado y leyes mordaza. Todo en color monocromo con acordes disonantes y fuera de lugar.

Creía que acabaría por explotar mi cabeza cubista. Yo intentaba evitarlo con un ojo en el sitio de mi boca, y una sola mano intentando taparme las orejas. Imaginad la dificultad.

¡Qué horror! Me puse a gritar “en un lugar de la mancha de cuyo nombre no quiero acordarme….” y “la parte contratante de la parte contratante” por supuesto, a la vez, pero todo era en vano. Las múltiples realidades desfilaban del bidé al espejo, envueltos en papel higiénico, lanzando miradas lascivas. Opté sin duda por la solución más cobarde. Sin pensármelo dos veces me lancé al váter y aprovechando la absurda disposición de mis extremidades cubistas, tiré de la cadena. Mañana sería otro día. O no.

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