Espejos, mentiras y casualidades

Analógico Radical
Analógico Radical

Los bancos de los parques y plazas de la ciudad son como un cajón desastre donde se van quedando momentos y sentimientos de los que se van sentando ahí. Una antología de desgracias, dichas, días de mala suerte, maldiciones, declaraciones de amor, mentiras y medias verdades…

Bien sea para descansar, meditar, dormir, hablar, planear una huida…ofrecen ese apoyo al músico callejero para dejar un momento los bártulos, o un respiro para dejar encima la compra a ese señor mayor que enviudó cuando aún era demasiado pronto para casi todo.

El banco de la plaza frente al café “Analógico Radical” sufría seguro de trastornos bipolares según el momento del día, día de la semana, o mes del año que le alumbrase.

Por las mañanas, entre semana, y a primera hora, paraban alrededor algunos chavales que aquel día decidían no ir a clase para rebelarse así, o eso creían, contra el orden establecido en casa.

Luego, algunos ancianos que daban su paseo y que se calentaban en él si el sol ese día hacía por salir.

Por las tardes, había padres y madres que veían jugar a sus hijos en los dos columpios que había cerca. Algunos sentados, otros de pie, imaginaban cómo serían las vidas de los demás.

Por las noches el neón analógico radical del bar pestañeaba y provocaba extraños efectos lumínicos sobre el banco y los que allí salían a fumar o a tomar algo.

Sebas, 39 años, eterno aspirante a conductor de autobús público, bebe cerveza e intenta impresionar a Mar, de 36, que esa noche ha salido sola a despejarse un poco, entre los repasos para las oposiciones a administrativa que llevaba intentando aprobar desde los 28. Vive de alquiler en uno de los edificios de alrededor. Justo al lado de la plaza.

Lo que Sebas busca realmente es pasar un buen rato con Mar. No le interesan las oposiciones, ni lo que Mar le explica. Mar, no recuerda el nombre de Sebas, y sólo trata de no parecer demasiado desagradable.

Guille, 33 años, no ha leído un libro en su vida. Mira desde la puerta del bar a la pareja del banco mientras enciende un cigarro. Le suena la cara de alguno de ellos. No sabe cual, quizás conoce de algo a los dos pero no lo recuerda. No ha cenado, y el alcohol ha empezado a ahogar neuronas.

Cerca, Laura y Patri, pareja de 26, y 32 años, empiezan a aburrirse de besar siempre los mismos labios y de las caricias que algún día fueron especiales, y que ya arañan.

Salva y María, 39 y 40 años. Se besan apasionadamente, o eso parece, en un coche aparcado cerca del garito. En la puerta de la panadería cercana que abre hasta tarde para vender paquetes de cigarros y litros de cerveza a quien busque escapar de los precios inflados del Analógico Radical.

María hace tiempo que no soporta el aliento de Salva, ni su eterno olor a tabaco. No le dice nada por no molestarle, no sea que se enfade con ella. Se ha quedado en paro hace poco y la idea de volver a casa de sus padres le provoca náuseas, casi tanto como la lengua de Salva que intenta hacerse hueco en la boca de María.

El ambiente dentro del garito es casi insoportable. Hoy hay concierto de un grupo que intenta hacer versiones de música española de los 80. El cantante desafina constantemente, parece bebido, y su voz suena demasiado alta sobre el resto de la banda.

La chica del bajo, Sonia, 28 años, es preciosa, piensa Javier, de 31 años que rodea con su brazo la cintura de Paula, de 30 años, su última novieta. Paula mira hacía la barra porque el sudor de Javier es demasiado intenso. Javier dice que no usa desodorante por principios, o por cerdo piensa ella. Ha empezado a encontrar sombras donde sólo veía luces en laenigmática personalidad de Javier, al que conoció a través de las redes sociales.

En un arrebato de hipocresía, Javier le pregunta a Paula si aún le gusta. Ella asiente aguantando la respiración. Le besa fugazmente y se centra en el batería de la banda, guapísimo. Javier vuelve a concentrarse en Sonia, la chica del bajo.

Lucía es la camarera del analógico radical. Tiene 29 años. Está harta de que el dueño del garito la sobe haciéndose el loco mientras se mueve tras la barra supuestamente para atender clientes.

La banda intenta versionar a Gabinete. “Tócala Uli” hace dibujar algunas sonrisas entre la gente del Analógico Radical. Nadie sabe quien fue Santiago Ulises Montero, ni Gabinete Caligari. Ni les importa.

Sonia, la chica del bajo, se acerca a los dos chavales que hay en primera fila en su solo de bajo. Ricardo y Pep, pareja de 33 y 34 años. El escote de Sonia parece infinito ahora. O eso piensa Roberto, el dueño del garito, 43 años. Pronto cerrará el bar.

A eso de las 2:00 Am se apagarán las luces del extraño corazón de la ciudad. Habrá habitantes que dormirán abrazados, inconscientes de la crueldad del próximo día que espera agazapado como un gato. Otros soñarán esperando que todo mejore. ¿Porqué no se dan cuenta del engaño y del falso color dorado de las mentiras de la ciudad?

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