Exploradores invisibles

Ana inventó un aparato volador extraño, lo dibujo con lápices de cera de muchos colores, y le dio algo de forma con papel de plata. Al momento, despegó desde su cuarto un día cualquiera mientras sus padres creían que jugaba en su cuarto.

Los exploradores invisibles se imaginan artefactos aún no inventados para descubrir nuevas sensaciones y realidades de otros colores más brillantes: el olor de una primera vez, el sabor de la piel de gallina, o el sonido de los pelos de punta.

Planean en ellos entre las personas con miles de caras que caminamos sin ninguna intención, sin rumbo aparente, y sin mirarnos a los ojos. Es como esas veces en las que andas despistado y crees que alguien te observa. Te giras y no hay nadie, sólo una especie de cosquilleo en la nuca.

No les ves, pero hay exploradores invisibles como Ana, revoloteando alrededor de tus preocupaciones del día a día, en sus máquinas voladoras buscando alguna sensación olvidada, esos pequeños instantes olvidaste hace tanto.

Ana había descubierto hacía poco el color de las cosquillas en los pies y estaba deseando llenar de nuevas realidades su mochila especial de explorador invisible.

Yo la descubrí una mañana de sábado, mientras Ana atrapaba el destello que emite una risa de verdad, y no pude evitar envidiar esa sensación que olvidé hace tanto. De aquella época en la que yo mismo era capaz de dibujar extraños aparatos voladores de muchos colores, y darles luego algo de forma con papel de plata.

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