Háblame

Háblame de la soledad, de lo amargo que eran tus ojos. Háblame de los domingos en casa dejando pasar el tiempo, de las miradas cuarenta años después, de los cines de media tarde y de las noches que nos cuidábamos esperando que llegara lo que tuviera que llegar, una sonrisa o un suspiro, ¡vete tú a saber! Hazlo, que nunca me canso de escucharte, ¡háblame! Háblame de lo corto que fue nuestro baile, aunque tú siempre te empeñaras en recordarme su intensidad. Inténtalo, no te quedes ahí parado y háblame, que ya son casi las diez y aún sigo aquí, esperando a que me digas algo. Háblame de nuestro pequeño, de sus primeros pasos y de su primer desengaño, ¿habrá comido?

¡Ay, háblame! Háblame de nuestro día a día, de tu manera de entenderme pese a que la mayoría de las veces no me entendiera ni yo. De por qué tú siempre me veías guapa y de por qué yo nunca dejé de enamorarme de ti. ¡Háblame! Casi aún no te he escuchado hoy. Háblame de las flores que me traías cada cumpleaños, de nuestras riñas en la cocina y de lo lejos que llegó nuestro pequeño.

Mientras Josefa hablaba y pedía a gritos que su marido le hablase, al otro lado de la cama en la que se encontraba, una silla vacía y una mesita de noche con un pastillero y un reloj que marca las diez, hora estipulada para el desayuno.

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