Heridas vividas

Centro comercial
Centro comercial

El viajero aparece flotando en el espacio.

Seguro que planeó escaparse en algún momento de agobio entre rutinas diarias, pero como mucho llegó una ventana cualquiera de un baño en un centro comercial de varias plantas y saltó.

Y debido a cualquier extraña conexión químico-temporal- espacial, de estas que suceden los martes a medio día, un vórtice fantástico le llevó en una corriente en espiral a otro lugar.

¿Otro plano? Quizás.

Se evaporó entre la gente, como si en un momento empezase a parpadear de forma intermitente. Así. De repente. Como suceden todas las cosas que te hacen cambiar.

De fondo suena alguna canción cantada a infinitas voces, sin rimas ni estribillo aparente. Sin duda transmitía cierta musicalidad. Todos los habitantes parecen superficialmente amables mientras ven al viajero desaparecer. Ninguno realmente digno de confianza. Todos mienten. Es lo normal.

Gesticulan mientras hablan, observando como el viajero se evapora lentamente, y van modelando ilusiones e ideas que nunca llevarán a cabo.

“Será cosa de estos días afilados” -se dicen entre ellos-

Estos días que van arañando las espaldas y los interiores. Como si un puño invisible apretase el corazón

justo cuando está contraído, retrasando las diástoles, recreándose en las sístoles.

Cuando está a punto de parpadear por última vez, como a cámara lenta, y en un estado entre lo real y lo imaginario, fluorescente e incandescente como todo cuerpo calentado suficientemente, el viajero grita:

“La primera hora de vida duele. Hay otras horas que sangran heridas vividas. Dulcemente. La última hora de vida mata”

Y así desapareció del todo, y se convirtió en un recuerdo falso como estos que se comparten en las redes sociales. Y todo siguió igual. Sin orden aparente.

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