Un hombre poco cuerdo

Un hombre poco cuerdo
Un hombre poco cuerdo

Y encima de aquel púlpito, con los ojos serenos y la voz firme, se dirigió a quien le escuchaba.

– ¿De qué sirve una casa llena de cosas si se tiene el alma vacía de sentimientos?;

¿De qué sirve un hogar escrupulosamente limpio si los pensamientos están repletos de suciedad?;

¿De qué sirve tener mil supuestos amigos si cuando llueve no comparten su paraguas?;

¿De qué sirve gastar tiempo en trabajar si luego faltan horas para vivir?;

¿De qué sirve sacrificar el presente por un futuro inexistente si no se disfruta del ahora?;

¿De qué sirve soñar durmiendo si al despertar se abandonan los sueños?;

¿De qué sirve calentar la piel en el fuego si se tiene en el interior hielo congelando el deseo de justicia?;

¿De qué sirve anunciar lo que se va a plantar si nunca se empieza a labrar?;

¿De qué sirve lanzar anzuelos si al final del hilo se encuentran desilusiones?;

¿De qué sirve esperar acontecimientos si más tarde aparece el desencanto?;

¿De qué sirve aparentar para ser aceptado si se ahoga con ello la libertad de ser uno mismo?;

¿De qué sirve regalar al hambriento un mar de peces si no se le enseña a pescar?;

¿De qué sirve vestirse de rencor si sus ropajes repelen el calor?;

¿De qué sirve en odio arroparse si sus sábanas al corazón no abrigan?

El mendigo dejará de serlo cuando todos se den cuenta de sus propias miserias; el rey dejará de serlo cuando todos hallen sus propias riquezas.

Estas fueron las palabras de alguien poco cuerdo.

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