in the mettro

Metro
Metro

Hoy me he encontrado a una mujer en el metro que me ha empezado a hablar. No sé porqué. Una señora de sesenta años, dijo después. De esas casualidades en las que te preguntas qué ven en tu cara para que de todas las personas que hay, decidan hablar contigo. La verdad, será azar. El metro es foco de tanta humanidad, verdad. No me refiero al olor producto del hacinamiento entre viajes idas y vuelta a donde sea que vaya la gente; es una transición infernal en cierto aspecto, rostros ausentes sentados esperando su destino para probablemente acudir a aburridas obligaciones (y para quien el viaje signifique algún triunfo, aplaudo aquí y ahora). La cuestión es que te permite observar tantas personas al mismo tiempo. Un punto de reunión. Antiguamente, dicen los manuscritos, cuando existía la moral, la unión y la mala higiene, nos reuníamos en la plaza del mercado, en la iglesia. Qué antigualla. Quién quiere eso. En el metro puedes ver lo mismo. Y el olor acumulado a veces es hasta peor que en la maldita misa. A veces
vendría bien un botafumeiro en mitad del pasillo del metro, para incensar y de paso tirar como bolos a los transeúntes que están ahí de pie, desafiando a la vida. Yo soy uno de ellos. Uno de esos imbéciles que se queda en equilibrio en vez de agarrarse a esas extremidades de hierro, arterias subterráneas llenas de huellas, bacterias y organismos capaces de reconstruir la tierra una vez esta explote de una vez. Es una de las partes más excitantes de mi vida. No caer en el metro. Ah, el metro. Qué lugar. ‘The underground’. Qué underground. De momento, un éxito del cien por cien. No he perdido el equilibrio del todo. Bueno, una vez una señora anciana me increpó con un ‘puedes apartarte’, con un agresivo gesto de desdén acompañado de gafas de sol Gucci, bisón al cuello de rehén y un bolso negro, también rehén, que sostenía como un bebé, el bebé más caro de la historia después de Hitler y Jesús. Sí, es ese tipo de señora que imaginas.

“Señora, ¿cree que usted que pazco aquí, justo en la puerta, de pie, porque me apetece?”. Eso fue lo que pensé después y debería haber dicho. En realidad dije algo como “Sí, claro” sin moverme apenas. Mi instinto de niñato me instó a actuar, y quién soy yo para desobedecerme, supongo. La verdad, me sentí como incomprendido. Joder, al fin y al cabo, estoy de pie para que se sienten los demás, y si me pongo en los bordes de la salida es porque todos los demás espacios están ocupados y prefiero estar ahí, de manera discreta. Así debe sentirse Peter Parker y otros superhéroes genéricos de los cómics. Ayudando a la gente para recibir su desprecio clasista. Maldita moda de los cómics. La eterna basura crónica del adolescente incomprendido. Hollywood sabe sacar lucro de la estupidez humana. En eso, los admiro.

Sí, y bueno…que cuando el metro llegaba en la estación en la que debía bajar, se paró abruptamente. La voz femenina que anuncia las paradas con esa voz neutra, suave, con algún momento de sorprendente ira (no sé qué pasaría al grabar esos mensajes), anunció igualmente que habíamos llegado al destino deseado, pero la realidad es que estábamos parados en mitad del campo, con unos árboles tocando las ventanas. Vamos, que no era la estación de Paterna. Si hubiera abierto la puerta, acabaría con la cara estrellada en los raíles, en pleno desierto de naranjos, dispuesto a una muerte mediterránea de pésimo interés cinematográfico.

Ahí aprovechó esta mujer para acercarse y hablarme de los nísperos que sobresalían de los árboles que formaban este paisaje. No tengo ni idea de nísperos, respondí. De ahí pasó a hablarme de cómo los jóvenes necesitamos más cojones para revolucionarnos contra los que roban. “Yo no luché en los 60 para que ahora nos mangoneen de esta manera, cullons, es que ya está bien. En este país lo que hay es mucha incultura. Mucha ignorancia, y los jóvenes necesitáis que os inculquen este interés por la política. Pero claro, en un país en el que todas las madres ven Sálvame, y los padres fútbol, pues los jóvenes no estáis concienciados, y para eso están las escuelas, donde deberían enseñaros, pero los profesores que van desganados que no quieren enseñar tampoco…así, ¿cómo vais a tener vosotros interés también? A mí lo que me duele es cuando gente, chiquitos como tú, y más jóvenes, dejan de estudiar. ¡Dejan de estudiar! Y
les preguntas por qué y te dicen que ‘para qué’ si no hay nada que hacer. Y es verdad, que cuando sus padres están en el paro, cobrando 420 euros de subsidio, se desmotivan, no ven futuro, pero tenéis que sacar garra e intentar luchar…” y así, mucho rato. Hablaba tanto y tan rápido y yo tenía tanta hambre, sólo quería ir a casa, escuché y afirmé con mi mejor educación, y esta no paraba, incluso cuando estábamos fuera del metro. Fue una conversación interesante. Un monólogo interesante, en realidad. Tenía su razón. No era necesario gritar a los cuatro vientos, pero tenía su razón. Imagino que la experiencia de una persona así, con bagaje y sufrimiento, invita a gritar.

Tags from the story
, , , ,
More from Iván Méndez Ortiz

Una nueva esperanza. Pues soy un Donut

Con esta estrofa es mucho mejor, toda va bien, toda va va,...
Read More

2 Comments

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *