El juego de las prendas negras

El juego de las prendas negras
El juego de las prendas negras

Cuando era una niña, me explicaron un juego. Lo llamaban “juego de las prendas negras”. Me explicaron que en aquel juego, cada jugador tenía un papel.
Me explicaron que un jugador era el Gran Jefe. Debía colocarse en un lugar alto, donde pudiera observar al resto de jugadores, controlando que todos hicieran lo que debían.

Otro era el jugador fabricante. Debía permanecer sentado, haciendo prendas. Necesitaba tijeras y papel negro. No necesitaba cortar bien las prendas, ni que el papel fuese bueno. Bastaba con que hiciese prendas sin parar.

Otro hacía de jugador vendedor. Cogía las prendas y las colocaba ordenadamente, para atraer la atención de los demás jugadores, que debían conseguirlas. Si jugaban más personas, algunos personajes podían dedicarse a entregarle las prendas al vendedor, pero no hacían nada más.

Luego aparecía el cabeza de familia, una mamá o un papá. Necesitaba conseguir el mayor número de prendas al menor precio posible, aprovechando algunos momentos del juego en que el vendedor anunciaba que lo bajaba. En otros momentos del juego, el cabeza de familia se dedicaba a coger prendas peor hechas, porque el vendedor pedía menos dinero por ellas.

También estaba el jugador influyente. Su función era conseguir las prendas más bonitas. Cuando las conseguía, las enseñaba y el resto de jugadores la aplaudían. Otro jugador muy parecido era el jugador adicto a las prendas, que compraba mucho pero no para presumir, sino porque estaba triste y esas prendas la ponían contenta, o simplemente le gustaban mucho.

Para jugar, se usaban monedas de chocolate, pero cada jugador tenía una cantidad diferente. El Gran Jefe era el que más tenía. De vez en cuando le daba una moneda al fabricante, pero solamente una. También le daba monedas al vendedor, unas tres o cuatro.

El jugador cabeza de familia, el jugador influyente y el jugador adicto a las compras también tenían monedas al principio del juego. El primero no tenía muchas, así que debía usarlas muy bien. Los otros jugadores tenían más, pero también debían tener cuidado de no gastarlas todas. Cuando compraban algo, esas monedas iban a parar de nuevo al Gran Jefe.

Con los años entendí que aquello no era ningún juego, sino la triste realidad de la industria textil. Que siempre había un Gran Jefe que se enriquecía a costa de los demás. Que quien fabricaba las prendas realizaba su trabajo por una miseria, en muchas ocasiones en condiciones inhumanas. Y que todos los demás jugadores acataban las normas, porque se vive de ello, porque vestirse es una necesidad, porque la ropa es un modo de llenar vacíos o porque, simplemente, preferimos vivir mirando hacia otro lado.

Y entendí que no afecta solamente a esta industria, sino a muchas otras. Pero en todas ellas siempre gana y pierden los mismos. Y mientras, los demás, conscientes o no de la situación, aquí seguimos, manejados por hilos invisibles, jugando y jugando sin cesar.

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