¡Juro que nunca más!

Photo by Ogeto Okindo on Unsplash
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El sol se coló por la ventana sin pedir permiso. Llevaba un rato por fin durmiendo, pero la auxiliar me ha despertado con el termómetro, encendiendo sin piedad todos los tubos fluorescentes.
La mañana comienza, pronto comenzarán a desfilar por aquí los diversos trabajadores del Hospital, ya los conozco a todos. A las siete y media vendrá la enfermera Joanna, que trabaja de mañanas fijas, menos sábado y domingo. Sacará sangre. Está un poco coja de la pierna derecha pero cuando hay una urgencia corre más que ninguna.
Después entrará de nuevo la auxiliar, se llevará el termómetro y anotará la cantidad de orina de la noche.
A las nueve el desayuno, café descafeinado con leche y resecas galletas, algún domingo hay chocolate, para dar una alegría a los pacientes que pueden tomarlo. A continuación la enfermera tomará la tensión.
Media hora después pasarán las limpiadoras con sus largas mopas y sus fregonas, ellas son las más amigables, hablan de lo que sea y le quitan un poco de frialdad a esta sala. Sobre las once le toca el turno a las auxiliares a bañar y hacer las camas. Y ya al final de la mañana aparecerá la cara seria del doctor para la revisión diaria, justo antes de que de nuevo los carros de la comida llenen el pasillo.

Algunas mañanas también se pasa por aquí el cura del Hospital, a algunos les lleva la comunión, unas breves palabras de consuelo y sigue su ruta diaria. Después de comer es el momento esperado de que me dejen dormir un poco, pero no, entonces comienza la rueda de llamadas telefónicas para preguntar por la salud.

Estoy agotado, no consigo descansar en este hospital. Cuando ya por fin terminan los ring de teléfono y casi doy una cabezadita entran con la merienda de las cinco, vuelta a poner termómetros y tensión arterial.
Así no hay quien pueda. Dos meses ya en la misma situación, rozando este colchón duro, mirando estas paredes tan blancas que ciegan la vista. Este olor a medicamento. Necesito cambiar de aires, pues esto va para largo he escuchado hoy al médico decir por lo bajo.

Y decido que ¡Nunca más! ¿Me oyen? nunca más me subo en una moto, sobre todo si el que la conduce está bebido. Ya me lo dijo mi madre: “Pepito, el hospital no es un sitio agradable para vivir”. Pero yo estaba tan cómodo en su pelo rizadito… cuando él salió de la cervecería, tomó la moto y no se puso el casco… Y me dio lástima dejarlo sólo en esta habitación ahora que está vegetal y no tiene con quien hablar.

Sí, ya decía mi madre eso de que los piojos somos unos sentimentales.

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