La chica de la tercera fila

La chica de la tercera fila

Siempre apareces a las nueve y veinticinco minutos de la mañana y te sientas en el mismo asiento, el segundo de la tercera fila. Siempre a la misma hora y en el mismo lugar, con tu sonrisa tímida y tu mirada concentrada en las baldosas del suelo.

No hay día que no saques tu cuaderno de dibujo y pases las horas de clase obviando lo que dice cada profesor y concentrada en las líneas que dibujas con tus manos. Yo, tonto de mí, me eclipso con el suave movimiento de tu lápiz, como cada mañana.

Llevo tres meses preguntándome todo tipo de cosas acerca de ti, cuál es tu nombre, de dónde eres, qué haces desperdiciando tu talento artístico en un sitio como este; pero que no abras la boca en clase y que no hables con nadie no ayuda mucho. Quizá te da miedo la gente o hacer amigos, lo entendería. A lo largo de los años me he dado cuenta de que nadie de aquí merece la pena, pero algo me dice que tú sí.

Quizá, si reuniera el valor para hablarte avanzaría un poco en este mar de dudas que me bañan cada mañana a las nueve y veinticinco, desde el asiento de la cuarta fila donde me siento para poder verte bien. Quizá.

Pero yo soy así, siempre en la retaguardia, con miedo, con dudas. ¿Y si te asusto? ¿Y si no te interesa hablar conmigo? A lo mejor solo quieres seguir siendo tú y tus dibujos.

¡Ey! Espera, alguien acaba de tirar tus dibujos al pasar, porque claro, aquí nadie tiene cuidado de dónde tiene los brazos, si pegados al cuerpo o arrasando con todo lo que pase por delante. Y no sé, ese dibujo que ha salido volando me recuerda un poco a mí. No, no me recuerda, es exactamente igual que yo y que me acabes de mirar nerviosa me lo confirma.

Quizá haya esperanza después de todo, chica de la tercera fila.

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