La fuente del amor

Cuentan los vientos de Oriente que, hace cientos de miles de años, nació una niña con un

corazón de valor incalculable.

Desde su primer aliento consiguió colmar del más puro amor los corazones de todo aquel que

se acercase a bendecirla. Pero lo que podría verse como un don, se convirtió en una gran

carga.

Los años pasaron y la bella muchacha se transformó en una hermosa fuente de amor a la que

todo el mundo acudía para recargarse de ese sentimiento tan codiciado. Ella, feliz y

desinteresada, regalaba su esencia sin reparo. ¿Qué podría pasar? Nada malo hacía, a todo el

mundo amaba.

Un día, la bella dama despertó vacía y desolada. Algo oscuro nacía en sus entrañas. Un silencio

ensordecedor se apoderó de su corazón. ¿A dónde había ido su amor? No entendía nada.

Al no ser capaz de hacer brotar de sus caños amor genuino, los habitantes del pueblo dejaron

de visitarla. Su corazón se volvió gris, frío y triste.

La lluvia caía sobre ella. Gotas gélidas que la tallaban desfigurando su fresca belleza. El Sol no

era más benevolente. Sus rayos quemaron su blanca piel llenándola de manchas y arrugas,

haciéndola víctima del cincel del tiempo. Su vívida mirada se transformó en una noche nublada

y su sonrisa se convirtió en un eterno invierno.

Después de centenares de anocheceres, un rayo sinuoso y aterciopelado acarició su

desgastada mejilla haciéndola abrir sus ojos.

Un joven apuesto permanecía arrodillado ante ella. Él no venía buscando amor, sino

entregarlo.

La joven le preguntó:

—¿Por qué me entregas tu amor?

Y, el joven con una sonrisa en su rostro, le respondió:

―Mi intención no es robar, sino compartir. Sentí que lo necesitabas. Has dado amor

desinteresado, y eso es maravilloso. Pero el amor, si no te lo aplicas como medicina a ti

primero, se agotará dejándote vacía.

Se acercó a ella, posó su mano en su pecho y continuó diciendo:

―Escucha atentamente los susurros de tu corazón. Te pide ayuda. ¿Acaso no se la merece más

que nadie? Cada latido que ejerce es un milagro; un nuevo intento de ser feliz. Ámalo, ámalo

más que a nada en el mundo. Sólo entonces serás amada y podrás amar eternamente. Esa es

la verdadera fuente de tu amor: tu amor propio.

Tras escuchar estas palabras, la bella muchacha cobró de nuevo su forma humana, le regaló su

más hermosa sonrisa al joven sabio y, tras un abrazo de corazones, emprendió su viaje hacia

las rutas salvajes del corazón.

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