La generación del miedo

Miedo
Miedo

Un día leí que el amor se volvió complicado cuando el sexo se hizo fácil. Es cierto, pero debo añadir algo más: El amor se volvió complicado cuando lo hicimos sinónimo de vulnerabilidad.

La historia ha cambiado, y el “chico conoce a chica, chica conoce a chico y se enamoran”, ha dejado paso al miedo a demostrarle a la otra persona cuánto nos importa. Escondemos todo sentimiento, porque tenemos un miedo enorme a la vulnerabilidad.

Somos la generación que se desnuda con más facilidad que habla, que huye de las flores y los corazones. Que prefiere ligar porque no sabe conquistar. La generación que “ama” a través de una pantalla, la generación que no ama, la del sexo sin amor, que huye del dolor por aparentar ser fuertes. Que deja entrar a completos desconocidos en su cuarto, pero a las ganas de dejarse querer le da con la puerta en las narices. La que mide los triunfos con vara equivocada en base al número de conquistas de fin de semana. La generación que regala la piel con el alma amurallada, por el miedo a que nos vean sin barreras, sin muros, sin fortalezas. El miedo a que descubran nuestros fantasmas. El miedo a que de verdad nos vean desnudos.

Somos la generación que considera que el amor es para los débiles. Y no niego que las malas experiencias te hacen más fuerte. Te vuelves frío, controlando cada palabra, cada gesto, cada sentimiento, creyendo que preparar un desayuno es sinónimo de propuesta de matrimonio. Que entre salir de una cama de madrugada y disfrutar el momento hasta que amanezca hay millas de diferencia. Por cierto, no entiendo por qué seguimos llamándolo “hacer el amor” si se trata de todo menos eso.

Se trata de parecer fuertes. Pero, ¿lo somos? Dejemos de usar términos equivocados y hablemos con propiedad: No somos fuertes. Somos cobardes. Vivimos con una venda en los ojos que llamamos “libertad” bajo la que escondemos nuestros miedos. El miedo al compromiso, el miedo a que nos dañen, el miedo al miedo.

Y como parte de una profecía autocumplida dejamos de ser nosotros mismos para convertirnos en lo opuesto, consiguiendo exactamente lo contrario a lo que queremos: Perder a esa persona. Y no sólo me refiero a perder a alguien que ya nos gusta. Sitúate antes, pierdes a todos aquellos a los que no te atreves a conocer.

¿Por qué? Porque correríamos todos esos riesgos de los que tratamos de huir. Podríamos hacernos adictos a esa piel y hasta a lo que esconde debajo, y como cualquier otra adicción escaparía de la lógica y el control. El “yo controlo” podría no bastar, ¡imagínate que te enamoras!, le estarías dando a alguien el poder de hacerte daño.

Pero, ¿qué más da? Qué más da si tienes que pagar con lágrimas trescientas veinte noches por aquella en la que te dormiste mientras acariciabas su pelo. Da igual. Da igual porque, al menos, lo habrás vivido, podrás recordarlo. Y dime, ¿Hay algo que dé más vida, más lecciones, que un recuerdo? ¿Hay algo más capaz de transformar lo efímero en eterno?

Arriesga, vive. Date un motivo por cada excusa, regala un beso por cada “no”, prepara un “nada” que interrumpa cada “pero”.

Apuesta, aunque no te acompañe la suerte. Desnúdate sin tener que quitarte la ropa.

No hay nada cobarde en ser sincero, en hacer lo que sientes. Repito: Vive. Sé valiente. Sé tú.

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