La gota

Photo by Himesh Kumar Behera on Unsplash

El prisma multifocal vigilaba aquella fuente de granito, que incrustada en

una esfera turquesa ferviente, dejaba caer sigilosamente aquellas gotas,

que resonaban para muchos oídos.

Las gotas seguían el camino por la curvatura de la superficie de la

esfera, como si fuera un espiral infinito. Sobre esta brillaban esmeraldas

con frenesí.

El agua era tan reluciente que parecía que caían zafiros, en lugar de

gotas.

Todos parecían concentrados en aquella belleza. Era como encender las

luces y suspirar el silencio, la pureza vital de lo sensible.

Se observaba la atmósfera exaltada, pues las miradas eran manipuladas

por el objeto. Parecía tratarse de un giroscopio, que para ellos no cesaba

de darles intranquilidad.

Vibraban las campanas y las copas en aquella boda.

Para ellos, el mundo se había detenido, pero nada de eso significó

interrupción, ni fue motivo para que los presentes dirigieran su mirada a

las otras cosas que allí estaban.

La novia había llegado con tan sublime vestido. Sonreía, porque su

amado se encontraba junto a ella, mirándola fijamente.

Las campanas sonaban más fuerte. La pareja hacía gestos para que

aquellos les prestaran atención. Parecían ser marionetas de un teatro

perdido, a oscuras, y sin gente.

Ellos eran el perfecto idilio de un juego de mudos humillados, negando

aquel momento en que la ilusión se raspó con el suelo.

Encima de aquel objeto, grandes olivos hacían contraste con aquellas

hojas entre las cuales, un hilo de miel se esparcía;

pero eso no perturbaba el sueño despierto que ellos contemplaban.

Brillaba apasionadamente la gigantesca moneda de oro en lagos grises,

en donde el rostro de Dios suele esconderse.

La boda seguía perturbada. Los minutos pasaban, la constante vigilancia

hacia la manecilla del reloj formaba redes de desesperación tomadas de

la espalda del peligro.

—¿Qué está pasando, compañeros?—dijo el prometido

angustiado.—¿Por qué no vienen?

Alguien pareció escucharlo.

—No lo sabemos.

El agua seguía cayendo como grandes cascadas embelesadas.

—Sí, lo sabemos. —dijo alguien. Inmediatamente, las miradas dejaron de posarse en el objeto.

 

Co Armeco.

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