La noche que nos (re)encontramos

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Ayer volví a verte; no supe dónde habías estado todo este tiempo, cómo habías llegado hasta allí ni por qué te habías ido, en primer lugar. Pero, allí estabas, frente a mí con aquel brillo que te caracterizaba. No pude evitar sorprenderme; estabas tan sonriente, tan a salvo, tan en paz, nada ni nadie podía dañarte ya. Ayer volví a verte; y aunque esta vez no te pude abrazar, sentí tu calor cobijar mi alma, me hiciste olvidar por, por un momento, todo el dolor y sufrimiento que me habían causado. Estabas allí, a lo lejos, viéndome, cuidándome, conversando sobre todo lo que desconocía y tú ya habías entendido. Ayer volví a verte; habías hecho un largo viaje tan sólo para decirme que no llorase más por ti, que todo iba a estar bien, que me estarías vigilando y estarías guiando mis pasos, -como lo hiciste desde el día que nací- porque -de donde sea que hayas llegado- te habías asegurado que te sintiera y que supiera, a través de mis sueños, que seguirías cuidando de mí. Te marchaste, nos despedimos y, aquella noche, no me quedó más que fingir sonreír mientras en mi corazón seguía lloviendo.

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