La verdadera historia de Blancanieves, el príncipe y el corazón perdido

Photo by Caleb George on Unsplash
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Ni los hermanos Grimm ni Walt Disney narraron la verdadera historia de Blancanieves, el príncipe y el corazón perdido. Levemente nos contaron las gestas de una señorita en compañía de un grupo de amigos. Pero por alto pasaron las hazañas de ese príncipe encantado que caminaba en solitario. Yo tuve la oportunidad de conocer a ese muchacho y quiero contar su historia real.

Los adornos y las florituras sobran en su versión. Era un hombre tan corriente que de azul tenía poco. Un simple marinero de secano que perdió su rumbo en el mar y desechó su rosa de los vientos para comenzar a caminar. Lo encontré a mitad de camino, durante ese viaje que todo héroe emprende alguna vez. No fue por casualidad, ambos transitábamos el mismo trayecto y tuve la oportunidad de conocerlo. Todo un descubrimiento para una señorita de ciudad perdida en un bosque en el que los animales ni cantaban ni socorrían.

Su gesto era rudo y se protegía bajo un gran escudo de ego, aunque su mirada era bondadosa. El cristal de sus gafas le permitía ver el hechizo de las carencias ajenas y tenía el don de auxilio a los demás. Pero nunca miraba hacia sí mismo, no era consciente de que cojeaba. Al verlo caminar con dificultad me ofrecí como sostén y, aunque reticente en un principio, aceptó amablemente. Supongo que solo buscaba compañía o un poco de impulso, pues al fin y al cabo todo héroe necesita un ayudante, ya que el viaje es largo.

El camino se hizo más dulce según pasaban los días, pero en ocasiones notaba su ausencia y falta de aliento. No bastaban las palabras ni las caricias para hacerlo avanzar. Entendí el motivo de su fatiga el día que se desnudo ante mí: en su espalda yacía un vacío a la altura del corazón. No había nada, pero seguía vivo. Me comentó que una amazona le había robado su órgano para saldar la deuda de una tal Blancanieves que deambulada por el bosque huyendo de las sombras. Y me sentí aludida, pues hace tiempo, en algún lugar de mi camino, aprecié una sutil vigilancia de ojos furtivos. Tal era el afán de asistencia de aquel marinero que daba la vida por desconocidos.

Me las ingenié entonces para desviarnos ligeramente del camino y acudir a un lago a lavar sus heridas. Pensé que volver a ver el agua le reconfortaría unos días. Pero yo mantenía mi deuda y como su acompañante también tenía mi
cometido. Una noche, mientras el muchacho dormía, recogí una pequeña rana del lago y le di cobijo en el hueco vacío del corazón perdido. Fue un intento desesperado de que el croar lo mantuviera vivo. Al despertar reanudamos el viaje y su ritmo cardiaco se había restablecido.

Ese día desviamos nuestros destinos y ningún príncipe se condenó a ninguna princesa. En cambio, como en todo cuento, héroe y ayudante intercambiaron sus roles y empezaron a vivir como las personas que eran, no como los personajes que les habían establecido. Quién sabe, quizá los cuentos de hadas existan. Pero desde luego, no como nos los han contado.

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