A las puertas de un bar

Bar
Bar

Un niño llora a las puertas de un bar.

Se le ha caído el caramelo de fresa.
La princesa de la boca rota llora a su lado
y no se da ni cuenta de que le han roto el corazón.

El niño lo recoge del suelo
y lo vuelve a saborear;
seguía siendo su caramelo de fresa.

La princesa de los tejanos gastados
se lía un cigarro
y deshace cada vez más sus manos en ese perpetuo temblor oxidado.

El bar está presente y es invisible.
Nadie lo ve
pero todo el mundo lo conoce.

¡La última y nos vamos!

El niño se desespera esperando a su madre en la puerta.
La princesa macarra quiere irse y quedarse;
el mocoso tiene claro que se quiere ir lejos.

El niño juega con el envoltorio del caramelo
y le hace una bufanda a la chapa de la cerveza.
La princesa no termina de fumar
y se refugia en la terraza del transitado local pasado de pisadas.

El bar canta;
nunca suena porque es su ruido el que ocultan.

El niño ya no sabe qué hacer para llamar la atención,
se hace un ovillo de sueños y se duerme acomodado en una silla helada.
La princesa rota exhala frío de su boca.

Ya no quedan fresas ni cigarros.
El niño se vive de sueño.
La princesa se muere de asco.

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