Libertad

A veces, Libertad metía su cabeza en el congelador y suspiraba.

Cerraba rápido la puerta para que no se le escapasen sus lamentos. Entre otras cosas, coleccionaba anhelos congelados porque nunca sabría cuando los necesitaría.

Incluso se le ocurrió atar su reloj con una cinta azul para intentar así detener el tiempo. O hacer girar las manillas en sentido contrario para viajar a otros momentos, con inocentes taquicardias mientras miraba el cielo recién amanecido, y deseaba con toda su alma que anocheciese.

Después se sentaba un rato a llorar su fracaso.

Hasta entonces nunca le aterró tanto el tiempo. Y entre lágrimas roía la correa del reloj. Y aún con el sabor metálico de la impotencia, dibujaba calendarios en el suelo, atormentada por las pesadillas recurrentes que siempre la acompañaban en las que ya nunca podría hacer nada por primera vez.

Para Libertad, todas las flores eran de papel.

¿Y los recuerdos? Nadie la echaba de menos.
Los espejos estaban rotos y le devolvían una imagen distorsionada.
Que viaje tan corto, pensaba Libertad. Nadie la vio pasar. Era como si algo hubiese borrado las huellas.
Libertad gritaba como esperando algo y solo le contestaba el eco.
Y esa sensación de vértigo. Todo giraba tan deprisa. Sin estrella que señalara el norte.

Libertad pensaba que todo era mentira, y además no importaba. Tan pronto lloraba como reía o cantaba. Libertad improvisaba sus finales en un momento eterno durante una noche sólo. Durante ese instante que pensaba que siempre estaría ahí pero que se iba tan deprisa. Porque era mentira, y además no le importaba.

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