Llegaste tarde

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Esperabas con impaciencia que alguien se percatara de tu presencia, que alguien observará más allá de tu apariencia frágil y pequeña, de esa aura de niña acobardada que te pintaba los ojos marrones, llenos de dudas.

Esperabas sin esperar, moviéndote de un lado para otro, viajabas como si no hubiera mañana y disfrutabas de cada rincón que te hacía sentir más viva que el anterior.

Mirabas a los cuerpos que te rodeaban inspeccionando cada alma que se te cruzaba, cada esperanza resultaba ser ficticia; a tu lado todo era tremendamente ordinario.

Esperaste tanto tiempo que cuando te encontré a penas prestaste atención a esta mente impredecible que te adoró des de la primera mirada. Quizás en otra vida logré ser esa luz que buscabas, esa sonrisa que se posaba en ti sin tener que echar una mirada alrededor para asegurarse de haber elegido correctamente.

Te encontré sin planear que en tu interior hallaría una pequeña fuente de riquezas rodeada por un pozo lleno de oscuridad y monstruos.

Te encontré y me hundí sin dudar en esa especie de niebla que desprendía tu piel, me rodeé de tu frío y en ningún momento titubeé al notar como tus fracasos se derretían delante de mi, mostrándome el cómo y el por qué te encontré en el mismo lugar dónde fuiste reina y plebeya.

Sin percatarme del paso del tiempo perdí todos mis intentos en convertirte en aquello que querías ser cuando la fe aún te iluminaba los ojos; pobre ingenuo, a penas me di cuenta que hacía mucho que te habías rendido a la irrelevancia que supone ser una más entre la multitud.

El día que me despedí de tu hielo y de mi valentía fue el mismo día que dejé de sonreír. Fue ese día en que reparé en la curiosa y cruel verdad: había llegado tarde al lugar al que siempre me había dirigido.

La meta se había calcinado delante de mis ojos asombrados, tu alma se había desvanecido y todo mi amor reposaba en el suelo. Había llegado tarde a tu amor.

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