Llorar es de cobardes

Lágrima
Lágrima

Cuántas veces habremos escuchado esa afirmación que dice: “llorar es de cobardes”. O también esa de: “llorar es de mariquitas”. Reconozco que existe una gran verdad en ellas. Cada vez que alguien la pronuncia debo darle la razón y he de confesarle su cobardía a ser un “mariquita”. Y más tarde, cuando intento obtener argumentos por estas afirmaciones, estos se pierden en absurdas conjeturas nacidas de una cultura popular arcaica y absurda. Yo iniciaré mis argumentos desde la experiencia personal, desde la reflexión y desde lo mucho que he llorado en estos últimos años. A continuación esperaré la respuesta de quién opina contrario a mí.

Desde que soy un niño, desde que tengo uso de razón, recuerdo a la gente decir “no llores”, “llorando no solucionadas nada”, y algunas tan estúpidas como las citadas en el párrafo anterior. Pues bien, hoy incito a las personas a que lloren, a que derramen un mar de lágrimas si eso es lo que desean. Hoy voy a invitaros a que vuestras pupilas sean el inicio de una catarata y os pediré que jamás le digáis a alguien que está llorando que pare.

Llorar es algo natural, es una respuesta de la mente, del cuerpo y del alma a un estímulo, a una alegría, a una tristeza. Llorar sirve para sentirse mejor, para dejar volar penas y hacer que el sufrimiento despegue. Llorar alivia la rabia y comparte la felicidad. Llorar es tan sano como beber agua o respirar. Insano es soportar el llanto en nuestro interior por miedo al qué dirán, por cobardía ante leyendas urbanas o a que está socialmente mal visto. Antinatural es callar el rugir de una cascada y esperar a que estalle el día menos pensado.

Admito ser un cobarde pues, a veces, evito la lágrima en público, y no es por el que dirán, eso ya murió, más bien es porque en ocasiones te apetece llorar, así, sin más, sin aparente razón y sin dar explicación, pero, todavía, soy pueril ante la sociedad y prefiero en soledad apaciguar mi salado mar.

También admitiré que, lejos de hacerme débil, el llanto, me hizo más fuerte, me ayudó a superar uno de los tragos más duros jamás vividos y evitó, junto a la poesía, que me volviera un perturbado o que echara mi vida a perder.

Desde mi experiencia diré que llorar es bueno, por eso si alguna vez sollozar a alguien ves, invítale a que seque su océano, después ya habrá tiempo de reír.

Antes de marcharme me gustaría dedicar este texto a mi querido padre y compartir lo que una día escribió un artista llamado El Chojín: “Ríe cuando puedas, llora cuando lo necesites”.

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