Mal vestido

Conocí
su piel
al mismo tiempo
que sus guerras.

No arañé
por timidez,
por miedo
a renombrar
las heridas abiertas
y encontrarlo
desnudo de llantos,
hambriento,
mal vestido.

Dancé
sin explicaciones,
sin preguntas
ni recelos.

Comencé
a tejer
–uno a uno–
los huecos
en los dedos.

Caí
–como siempre–
al suelo
para resguardar
en el miocardio
sus océanos anteriores.

Abracé
el eco
de cada hogar construido,
los roces imaginarios
de las cicatrices
que nunca han de encontrarse.

Susurré
–sin descanso–
que mi miedo
se esfumara,
que los ayeres salados
en pieles incorrectas
se convirtieran
en truenos
que iluminan el camino
que han de seguir mis pasos.

Lloré
con y por él,
lo vestí de estrellas,
vulnerable,
hecho de cenizas
y casi lo obligué
a levantarse
con los escombros
bajo sus pies.

Besé
sus labios ulcerados
por el desierto
que habitó
en sus manos

y lo sujeté
–claro que lo sujeté–
hasta sentir
su pecho agitado
de tanto respirar
espacios en blanco,
infinitos,
rompiéndose de risa,
deshaciéndose de besos.

Convertí
sus heridas
en poesía
dentro de un cuerpo
que esperaba
el amor
para poder sanar.

Busqué
con mi lengua su nombre
y encontré
en su silueta el lenguaje
de quien
despierta hecho cal
y termina convertido
en tierra.

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