Marcando el ritmo

Photo by Fabrizio Verrecchia on Unsplash
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De pequeña elegía siempre los números romanos. Decía que así nadie querría leer la hora en sus muñecas. Ha dejado de llevar reloj desde que por su vida ya no pasa ni el tiempo. Sentía que saber que la persona a quien quería se iría, era razón suficiente para huir ella antes.Se reía de quien aseguraba dar un riñón como prueba de amor. Solo firmaba contratos donde la letra pequeña fuese tiempo.
Dejó de temer por su muerte el día que se imaginó la ajena.
Y aprendió que lo único que podía hacer para ser feliz era garantizar a los suyos que también lo serían sin ella.
Había algo que le daba más miedo que ahogarse, y era hacerlo con sus palabras.
Siempre daría negativo en un control de amor. Avisaba de la única manera de descubrir sus deseos, era pellizcándolos. Por eso siempre le hacía cosquillas.
Necesitaba que le dijeses un par de veces más lo que te había prohibido repetir hacía dos horas.
Nunca comprendió por qué las llamadas de atención no pasaban de moda si no mejoraban las perdidas.
Por las noches confundía la necesidad con el aburrimiento, y por el día solo podía pensar por cuál de las dos la mantenías aquí.

Hace 48 horas la felicidad parecía medirse en cifras y hoy, se reduce a la esperanza de que seas tú quien venga a comprobar, que ha dejado de llevar reloj desde que ya no es en las muñecas donde se le mide el pulso.

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