Mi propio refugio

Siempre he intentado buscar mi propia paz. Ese pequeño rincón en el que refugiarme y ser yo misma. Y en cuanto lo encontré, supe lo mucho que había que cuidarlo para que no se volviera en mi contra.

Una vez encontrado el lugar, pasamos al protagonista del mismo. Desde hace algún tiempo, me llevo fijando en cómo nos tratamos a nosotros mismos. ¿Te has fijado en cómo te hablas? ¿Qué te dices y cómo te lo dices?

Bien es cierto que es necesario hablar con uno mismo, decirnos las cosas, cuestionarlas e incluso criticarlas tantas veces como haga falta. Por supuesto que sí. Somos nuestros mayores jueces y es vital para nuestro crecimiento evaluar nuestros comportamientos pero, ¿qué pasa cuando nos convertimos en nuestro peor enemigo? ¿Cuándo los únicos mensajes que nos enviamos son de desánimo? ¿Cuándo nuestra pequeña voz interior siempre está a la defensiva, no deja de exigirnos más y más y no se conforma con nada? Esa misma que te dice que todo va mal y ya no sólo eso, sino que todo esfuerzo por solucionarlo no dará sus frutos.

De vez en cuando también hay que darle un golpecito de atención a esa pequeña voz que no deja de hacer ruido y reconducirla a la realidad. Revisar nuestros pensamientos negativos y encontrar la raíz de todos ellos para lograr erradicarla. Decirle que se calme y ayudarle a que así sea para alcanzar el equilibrio. En ocasiones la vida te pide un cambio pero todo cambio se construye con paciencia. Que, entre nosotros, nadie es un superhéroe pero sí un conquistador, y de quién sino que de uno mismo. Porque, qué duro es no actuar conforme eres. Conforme quieres y conforme sientes. Y más duro es ver cómo tu mente se encarga de recordártelo cada segundo. Conciencia, le llaman.

Luchar contra uno mismo constantemente resulta agotador. Y marcar la diferencia reside únicamente en una preposición. Porque no debemos luchar CONTRA nosotros mismos sino CON nosotros mismos. ¿Ves cómo cambia la cosa? Porque nosotros somos los verdaderos protagonistas de este cambio.  No buscamos contrariar fuerzas, sino sumarlas. Porque cuando hablo de luchar, hablo de aprender a convivir con uno mismo. Hablo de cerrar los ojos y escucharnos el tiempo que sea necesario. Hablo de ganar esa batalla por y para nosotros mismos. Hablo de ser fieles a nosotros mismos y a nuestro mundo interior. Hablo de ir de frente y decirnos las verdades a la cara -las que más nos duelen, las que más escuecen, las que siempre escondemos por miedo a que alguien nos conozca de verdad-. Hablo de una tarea diaria y constante que no podemos dejar para mañana porque ya será demasiado tarde y, en caso de suspenderla, estaremos perdidos.

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