Microrrelatos: Sin presiones, Imaginarme y más…

sentimientos y contradicciones
sentimientos

Sin presiones

Imagina tener un botón en la espalda que no alcanzas a ver, un botón que pocas personas consiguen apagar de lo duro que es. Un día aparece aquella que logra ejercer la presión suficiente. Y en cuanto el botón se apaga, tú te evades, y la otra persona que no es consciente de la fuerza que tiene sobre ti te abraza aunque sin darse cuenta de que, a su vez, sigue ejerciendo fuerza sobre él. Tú te posicionas frente al espejo para intentar localizarlo y alcanzarlo con la mano, pero es un procedimiento difícil y doloroso. Desearías tener los brazos más largos, pero no tienes esa suerte. Tras decenas de intentos fallidos, tan solo te queda pensar que lo mejor sería arrancarte el botón de la espalda, que a pesar del daño que te pueda ocasionar, ya nadie volverá a tener el poder de apagarlo.

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Perdido el control, perdida la fe

Me da miedo pensar que tal vez no haya sabido elegir.
Pero me temo, siendo peor, que la decisión no fue mía.

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Imaginarme

Aparecía y desaparecía como un escalofrío, que viene y va. O así yo lo sentía. Abría el ordenador y viajaba. Por unos instantes, instantes que valían oro, mi alrededor ya no existía, ya no era, yo no estaba. Allí, en otro lugar que no era este, en otro momento, más alcanzable que nunca, allí sí. Pero por muy lejos que volara, me encontraba de vuelta en mi habitación. No es el lugar, si me entendieras, no es el lugar, soy yo.

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Claraboya

A orillas de una cala repleta de turistas, los dos alzaron las miradas hacia un bosque que a lo lejos en soledad aguardaba su destino. Entre la espesura de los árboles se divisaba una claraboya que dejaba entrever un trocito de cielo.

“Allí es donde estaremos”, dijo él a la vez que ella afirmaba “Allí es hacia donde vamos”.Con una sonrisa corroboraron la diferencia entre ambos. Para ella la vida era un camino, él sin embargo tenía clara la meta.

Acto seguido avanzaron, sin prisa, con la seguridad de que fuese cual fuese su manera de dibujar la realidad iban a ir cogidos de la mano. Al fin y al cabo, fuesen cuales fuesen las palabras, el destino iba a ser el mismo para los dos.

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Capicua

Me desperté una mañana en un laberinto, sin cuestionarme el porqué, no ¿por qué estoy aquí?, sino un porqué de ¿cómo he llegado a este lugar? Sabía que no era un sueño igual que ahora sé que no lo es. Y a no ser que todo lo que vivimos sea parte de una gran tercera dimensión, aquello era y sigue siendo mi realidad. Miré a ambos lados del pasillo. Entendía que debía dirigirme hacia alguna dirección. Todas las veces anteriores que me había imaginado a mí misma en un laberinto me había percatado de que la solución más lógica era subirme al gran muro de hierba y llegar antes al final, aunque así uno se perdía la gracia del juego. O tal vez se subía arriba para ver que no existía tal final.

Existen laberintos sin solución. Este, en concreto, no tenía muro, lo cual no dejaba de desconcertarme. En su lugar, un profundo hoyo se extendía en un ancho de dos metros. Algo, para mí, imposible de saltar. Esto me permitía poder ver los futuros caminos, como en una partida de ajedrez en la que puedes deducir hasta cinco jugadas por adelantado. Es un juego distinto, pero su base no deja de ser la misma: la incertidumbre.

Avancé, con miedo a caerme, a pesar de que el camino de tierra era lo suficientemente seguro. Además, cuando tropiezas te caes hacia delante, no hacia los lados. Pero si la posibilidad de hacerte daño se halla tan cercana a ti, todavía tú la acercas más, y tenderás por esta razón a inclinarte hacia un costado. Sin embargo, caminé. Caminé porque quedarse parado no te hace más que pensar en todo lo externo, porque no hay nada dentro de ti que te resulte interesante. No sabía a dónde iba, tan sólo procuraba no caerme. Pero lo hice, caí. Precisamente por preocuparme.

En un momento llegué a ver la salida, pero me pareció demasiado fácil, pensé que probablemente se me estaba pasando algún hoyo por alto y que correr con seguridad era demasiado arriesgado. Me pasa mucho, cuando algo se me presenta con claridad tiendo a oscurecerlo, antes de que lo haga por sí mismo.

Lo bueno de caer, no obstante, es que apareces en la cima del muro de hierba. Como si el tablero hubiese dado la vuelta. Lo malo es que te encuentras en un nuevo laberinto que complementa al anterior. Y aunque la forma es distinta, el reto es el mismo. La pregunta es, ¿has aprendido? Poco a poco te vas olvidando de lo pasado, y de repente te preguntas, ¿cómo he llegado a este lugar?

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