No tuve más remedio

Vida
Vida

Sí, señor juez, lo hice yo, no tuve más remedio.

Y es que todo andaba como revuelto por mi barrio, por mi casa y por mi vida.

Los del centro de salud venían uno y otro día haciéndome preguntas y pidiendo

papeles .

Ya sabe usted que yo entiendo poco de estas cosas, sólo me apaño para conocer los números y comprar en el mercado y poco más. Así que ellos venían y  hablaban con esas palabras raras que nadie entendía.

Me dijeron que me iban a quitar a mis hijos. Sí, tengo testigos de que  en medio de la calle, una asistente social de esas del ayuntamiento, me amenazó con llevarse a mi Juanico y a mi Bea.

Así que tuve que hacerlo, por ellos, por mis dos cachorrillos, que no tenía ni leche para darles de desayunar, ni carne para echarle al puchero.

Además estaba lo de  Paco, mi hombre, que llegaba borracho todas las noches y me pegaba. A mis hijos no, porque cuando lo veía venir los escondía debajo de la cama o de la mesa camilla.

A ver que tendría que haber hecho,  si  nos echaron de  la casa, como ya no podíamos pagar y nos tuvimos que ir a una chabola.

  Los nenes no dejaban de llorar que si tenían hambre, que  si querían ropa… y yo qué iba a hacer si mi Paco, que era muy bueno, no traía a casa ná más que el pan que le daba del día anterior  la Manoli, la panadera, que nos tenía lástima.

Porque mi Paco se gastaba todo el dinero del paro en vino, mire usted.

Sí,  es verdad, tiene razón cuando me dice que los del Centro de Salud fueron muy buenos conmigo y me buscaron una de esas casas de acogida  y allí me trataban la mar de bien  y nos dieron de comer al Juanico a la Bea y a mí.

Pero tuve que dejar la casa, porque mi Paco me llamaba todos los días por teléfono llorando y me decía que me quería mucho y  no volvería  a pegarme y yo, yo soy su mujer y lo quiero a pesar de ser tan  cabrón y cuando me casé firmé para toda la vida, pá lo bueno y pá lo malo,  así que volví con él.

Y al principio todo bien, empezábamos a vivir como una familia normal y mis chiquillos volvieron a ir a la escuela, pero después de un mes ya me venía oliendo a cazalla a casa y venga a  romper los pocos muebles que había en el carromato que nos dejó mi tío Ambrosio, porque la chabola por aquel entonces se nos había quemado, en un descuido mío con la comida.

¿Se cree usted que podía hacer otra cosa?

Mis hijos no podían llevar esa vida de desgraciados y, una noche,  preparé un vaso de agua, mezclé unas pastillas recetadas por el médico de los locos y  les dije que era jarabe para la tos.

Mis dos angelicos se lo bebieron y yo me tomé unas cuantas pastillas más también y nos quedamos allí los tres abrazados en mi cama, hasta que a la mañana siguiente nos encontró alguien.

Y  me despertaron y a los nenes también intentaron despertarles, pero ellos seguían durmiendo.

Pero cómo iba yo a pensar que mis chiquillos no despertarían, si yo sólo quería que se durmieran un rato para olvidar el hambre.

Por eso yo le pido, señor juez, que me saquen de este manicomio en el que me han metido, donde me tienen todo el día atada de pies y manos a una cama y no paran de ponerme inyecciones.

Necesito ver a mis hijos.  Sé que están vivos, los psiquiatras me están engañando y lo que  ellos buscan es que no los vea y darlos para adoptar a  otras madres que no pueden tener hijos.

Quieren que yo parezca una loca, pero no me van a engañar.

¿Hará usted eso por mí, señor juez?

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