Ojos que no ven, mente que olvida e inventa

Manteniendo su mirada fija en la mía, me pidió que apagara las luces. Acto seguido nos encontrábamos completamente a oscuras, sin embargo no podía dejar de recordar aquellos ojos, y sentir que seguían observándome como quien en cuestión de segundos ha logrado acostumbrarse a la noche y es capaz de apreciar siluetas.

Hacía frío y lo notaba porque me resultaba imposible dejar las manos quietas. O tal vez eran los nervios. Fuese como fuese, tuve la necesidad de buscarle para aliviar la confusión. ¿Qué hacíamos allí y por qué no nos tocábamos?

Alargué los brazos para encontrarme con los suyos, y con unas manos que aunque parecían estar más frías que las mías, pronto iban a dejar de estarlo.

Me ponía y me imponía verme sin vernos en aquella situación. Cerré los ojos a pesar de la ironía y me dejé llevar, como quien se ha convertido en pluma y ya no puede ni resistirse al más ligero aire.

A estas alturas sus manos ya habían acariciado todo mi cuerpo, palmo a palmo, y yo, ahora sí inmóvil como una piedra, no podía hacer otra cosa más que respirar tan fuerte que no fuese capaz de oír ni mis propios pensamientos. Pensamientos que gritaban, una vez tras otra, que aquello era un error.

Un error agridulce.

No pudiendo distinguir la realidad, no me quedaba otra que imaginar nuestro entorno, lo que nos había llevado hasta allí. Poco a poco se me habían ido olvidado los detalles de aquel lugar, por lo que empecé a inventarme de nuevos.

No pudiendo distinguirlo a él, empecé a pensar que era otra persona. Poco a poco aquellos labios se habían quedado sin dueño, por lo que me limité a disfrutar de mi propio placer.

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