Ordalía sexual

¿El ser vivo alguna vez escuchó que la luna y el sol habían sido un sistema diedral que en sus rectas—como minutero alterado —se descubría un domo dorado y en sombras un domo acrílico incoloro?

Los labios, la lengua, el instrumento que propaga la tensión de las palpitaciones del órgano húmedo.

Desea ser tocado…

La saliva lentamente penetra la garganta; el cuerpo jadea por adentrarse.

Hoy el cuerpo está amarrado; las gárgaras fluctúan más allá de las celdillas de la piel y la desgarran para su encuentro de reflejos libidinales; asciende el volumen del arco ocular.

El calor como gotas de sudor que trajo los ecos; las cavidades susurran el fastidio de los hombros, brazos y piernas con el roce de un suspiro no decida por beber del semen sin género.

Los rubíes en las mejillas.

Un orbe de abejas masturba sus entrañas; sus cuerpos vibran como ondas sonoras que estremecen los ejes anatómicos, como si un animal viviera dentro de su organismo y masticara los agujeros que el hedonismo nunca supo explicar.

En bordes cruza piraguas que navegan haciendo círculos pero sin tocar la yema volcánica eterna.

Eso mismo sucedía con una palmera que goteaba como si una lluvia azul recorriera su torso o como si le hubieran atrapado con una bala y sin muerte, allí bajaba la escarchada silicona con viscosidad muy excelsa, hacia arriba tenía la forma de un sombrero de  hongo, sus raíces se marcaban en el cuero en donde emanaba todas sus circulaciones.

Además, olía arándanos rojos, nueces, glaseado púrpura y canela; las hortalizas se mezclaban también.

Nunca se había visto un bosque fructífero encerrado de diecinueve espejos latiendo.

Había plumas por todas partes.

Lámparas rotas, velas vinotinto ardiendo.

Los rostros de ellos asustados, temblando; sus gestos hacían recordar a peces sofocados porque alguien quiere palpar su casa.

– ¿Qué ocurre?- preguntó inquieto y moviendo sus redondos lentes.

Aquellos ojos querían salir corriendo pero los otros, que tenían ventanas empañadas no se intrigaban por los murmullos.

Respiró profundamente.

La puerta se abrió y entonces…

-¿¡Que putas hacían desnudos!?-sus ojos eran terremoto.

Los padres tenían un velo nocturno sobre sus cabezas.

Rápidamente abofetearon al niño; su contorno reflejaba lunas cohibidas de cuarzo como si una luz escrutara sus mares, que para él, una vergüenza que vomitaba su sentir, se orinaba enfurecido.

La niña estremecida por el impacto, la golpean fuertemente con un bate. Los otros, aún bebés, aullaban…

La golpeaban, la masacraban, era una hormiga delante de ellos.

Una hormiga que se destruía por dentro.

Ese dolor, ese dolor…

Ella nunca se había visto así, como una arrastrada, promiscua.

Aquello que declamaban desesperadamente, no se lo había dicho a si misma cuando se bañaba.

-¡Lárgate de una vez!- le grita- ¡Vete con tu coyerío!- señala a las otras niñas que parecían encerradas en cáscaras de huevos.

-¡Deja de lamerme!- grita el niño apartándose del rostro de su hermanastro.

La madre insistía que su hermanastro continuará.

El niño lloraba como si estuviera en una cuna estrecha.

-Los niños no hacen esto- le miraba su miembro- Los niños no…

-¿Quién te dijo a ti qué tenías que succionarle el clítoris a la una y veinticinco de la mañana?- interrumpió su padre.

La madre sacudía sus labios, intentando ocultar la risa.

El hermanastro le susurra algo en el oído.

Uno de ellos le introduce los dedos dentro de ella, lentamente y profundo como licuadora sin prisas; un globo rebotando en las paredes, oscilando en ambos lados sin perder el equilibrio; piel rocosa y cuello apretado -hilos eléctricos desplazándose- los labios succionaba con firmeza los dedos, se agitaba, toda la masa se agitaba, danzaba circularmente debido al ritmo del globo; la areola rosada persa, los ductos atorados, de modo que la sangre ya no estaba en el corazón; la huella dactilar lo aflojaba, y quizás no se percató en el momento cuando ya babeaba fulminante.

Cargaron a los dos niños y los condujeron hacia la cocina; abrieron la puerta en donde se hallaba debajo de la estufa.

Una hoguera que despedía gran vapor.

Ambos cuerpos estaban amarrados con cinta, se movían, movían, gemían y gemían…

Se desvanecía la atmósfera negra, brillaba fuertemente la alborada del fuego.

Ese instante fue un despertar de cama corriendo hacia la claridad de la ventana y los rayitos de oro despedían un grifo gigante cayendo sin paracaídas, y bocas entreabiertas, cabezas cubriéndose con mantas.

Más allá del escándalo, ya no había fuego, los niños tenían la imitación perfecta de pacientes arrastrados a un tomógrafo.

Después de un tiempo, le decían a aquella niña, “la muda” cuyo nombre siempre salía en los periódicos:

“Niña es maltratada por su familia” “la muda es víctima de abuso emocional y sexual” “Niños juegan a la masturbación y terminan siendo abusados” “la muda la masacran en la cocina y tres niñas son heridas, aclamadas como zorras” “Niño es abusado junto con la muda; cuestionan si es gay”.

¡Último minuto! “Treinta mujeres son abusadas por el ano”  “Diez niños abusados por sus madres”  “¿Sexo oral a las mamás?”

Jamás se había visto algo así; los diecinueve niños estaban en una fila aparte de la muda y el niño.

Había demasiados hombres y mujeres adultos.

Era un juicio.

Se levanta una señora.

-Pienso que el feminismo será la cura de todas estas muertes y heridas psicológicas.

-A mí parecer también lo creo- replicó otra.

Una mujer robusta y morena opinó.

-Pues yo no pienso ni me parece ni creo, yo estoy totalmente que el feminismo acabará con toda esta tragedia.

Otra más robusta que la morena.

-Pues están equivocados, porque yo no pienso, ni me parece, ni creo, ni “estoy” simplemente eso es seguro y listo.

Un hombre encorvado…

-Pues a mí nadie me echa cuentos, yo tengo una especialización en estudios de género.

Un señor barbudo y con bastón.

-Yo estoy de acuerdo con  Beauvoir, “mujer no se nace, se hace”.

Otro.

-Pues la verdad es que las feministas están locas y tampoco apoyo de que exista una pluralidad sexual; eso es de gente ciega y enferma por defender figuras que no son. Dios hizo a la mujer y al hombre…

Antes de que prosiguiera, se levanta otro señor que tenía dos toros en los ojos.

-Esa opinión es bastante ridícula, la orientación no se define por el género.

-¡La transexualidad no es una enfermedad!- gritó el niño.

Otro con atuendo de vaquero.

-Las mujeres defienden sus derechos, nosotros queremos defender los nuestros, ¡sí al patriarcado!- grita y cinco hombres vaqueros embriagados también- Nosotros queremos a una sumisa y a una puta siempre.

Una mujer de cabellos castaños y témpera en el cuello.

-Prefiero ser una puta antes de ser sumisa. -las señoras orgullosas aplauden a tal comentario.

Marjorie pensaba que esto no tenía cara de juicio, sino de un partido de fútbol.

-Ahora así, díganos, muda, ¿qué piensa usted del feminismo  siendo víctima de violencia intrafamiliar y sexual?

Marjorie no dejaba de observar la superficie de la mesa.

Se acercó tímidamente al micrófono y…

-Nada, no sé.

-¿Nada? Díganos por favor, y también, ¿por qué quiere ser transgénero?

Apoyó fuertemente con sus manos la mesa.

-Yo no soy nada, tengo cáncer.

Por años, les dijo a sus padres adoptivos que la llevarán siempre a una barbería, que ella no quería tener cabello.

-¿Así que nunca optaste por tener una peluca? preguntó  Nicolás.

-Jamás- dice Marjorie- Mírame…

-Mírame a mí, mira a tu madre, con heridas en el cráneo, que hoy bebe de los charcos de lluvia y pidiendo limosna, a tú padre quien murió desnudo y ahorcado en frente de mí, que por años jugaron a asesinarlo en una guillotina, a tu hermanastro analfabeto que nunca le demostraron cariño, a tu exesposo que anda por las calles vomitando cólera por su matrimonio, a tus hijos encerrados en un orfanato, a quienes le escribiste cartas que jamás recibieron de ti.-rozaba sus dedos en la frente- tu madre ya no camina tanto, solo se queda inmóvil ante los vidrios para peinarse y retirar las hebras del trapero para recogérselo. A veces reúne las monedas que ha encontrado; a menudo la escucho diciendo  que ahora no quiere pensar en su vida, que está cómoda; no te recuerda, no cree haber tenido una hija.

-Mi vida nunca será como la tuya…

-Marjorie, ambos hemos sufrido mucho.

-Todas las noches, antes de dormir, me colocaban una mordaza mientras yo moría del dolor, sabían que gritarían, mi llanto les molestaba porque siempre fue la de un bebe recién nacido, sin embargo, pude hacerlo cuando me hallé sola, y todos los lobos que corrían, estaban al frente de mí, se rindieron en mis pies en posición fetal y pedían auxilio por mí. -Nicolás bajó la mirada- No me duelen las cicatrices, a mí lo que me duele es lo mucho que destruyeron en mi interior: a mí corazón, a mí identidad; yo no sé asimilar fotografías cuando me preguntan qué tipo de sexo estoy viendo, que cual es la diferencia entre el día y la noche, el río y el mar, el fucsia y el rosado, y todo aquello, a cada uno, le atribuyen elementos especiales que pretenden definirlos, así mismo me pasó, y yo no quise aceptar mi condiciones impuestas; no quiero ser mujer porque seré siempre algo que tienen qué protestar. No quiero ser mujer, ni hombre, yo no soy nada.

-Todos tenemos que protestar por algo, y no solamente por este trauma que nos pasó, hay muchas cosas por las que tenemos que protestar.

-Prefiero estar llorando todos los días sin salir de casa, e imaginando como pinto el mar; en fin eso siempre he sido, ¿no? Un cuadro, una pintura, un rostro derritiéndose con párpados caídos; nadie querría esa pintura en las casas; sería una obra aburrida en un museo de poca iluminación y cuyos espectadores le preguntarían al curador por qué nunca decidió cuidar de ella: «No tiene ningún valor» eso mismo diría.

-Yo querría esa pintura, porque así la destruyan, la discriminen, nunca se olvidará y se lamentará la tierra y rezaran en el nombre de todas. -Marjorie no se detuvo con las lágrimas- No estás obligada estar así siempre; eres un ser humano, necesitas vivir.

-No sé- dice desesperanzada.

-Aún no has muerto, Marjorie.

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